Lo primero que hice al despertarme fue abrir mi ventana, que se ubicaba justo en la cabecera de mi cama y su vista daba a nada más y nada menos que a un árbol. Bueno, no tan así, también podía ver la habitación de Aran y Fabricio desde aquí.
Me iba a dar vuelta para irme, pero noté algo que no se me iba a quitar de la cabeza.
Aran sin camisa, con el cabello mojado y una toalla en su cuello y otra en su cintura, y por alguna extraña razón mi cara se calentó y me sonrojé aún más cuando él volteó a verme y me dio una de sus sonrisas de oreja a oreja que me daba cuando me veía.
Mi primer acto fue cerrar la ventana sin mirar atrás y ahí me quedé con las manos tapando mi rostro, apoyada en la ventana cerrada.
"Mierda, ¿qué fue eso?"
Me quedé en la misma posición un buen rato pensando en por qué carajos me puse tímida con este tarado.
Corrí al baño de mi habitación para lavarme la cara y al verme al espejo, con toda mi cara mojada pero aún roja como tomate, noté una mancha roja en mi cuello.
—¿Mosquitos? —fue lo primero que pensé, hasta que mi cerebro decidió revivir la imagen del asiático succionando mi cuello—. Mierda, es un chupón. ¿Y ahora cómo me quito esto?
—Puto asiático de mierda, ¿y ahora cómo voy a la prepa así?
No miento cuando digo que estuve como una hora tratando de tapar eso con tutoriales de YouTube, pero nada funcionaba.
—¡Mierda! —grité apoyándome en el lavamanos, frustrada—. ¿Cómo me quito esto ahora?
—Claro, ¿por qué no lo pensé antes? —dije para mí misma y fui al botiquín por unas curitas, pero no encontré.
Así que salí a mi habitación a buscarlas por mi escritorio, pero nada más salir me encontré con Emilia en mi cama mirando su celular.
—¿Qué pasó? ¿Por qué tas aquí?
Pregunté tapando mi cuello mientras caminaba rápido hacia el escritorio.
—Pues nada, me aburro y vine.
Dijo ella relajada, sin soltar su vista del móvil.
Seguía en mi búsqueda de curitas, pero el universo me odia y justo hoy no encontré ninguna. Busqué por todos los cajones del escritorio, por poco hasta abría el monitor para buscar ahí, pero nada.
"Por Dios, necesito comprar más curitas y no gastarlas en pendejadas."
—¿Qué haces?
La voz de Emilia, que gritó atrás mío, me hizo dar un brinco.
—¡Mierda, Emilia, me asustaste! —hablé poniendo mis manos en mi pecho.
Ella me miró un rato con su cara seria y luego abrió la boca grande como de sorpresa.
—¿Qué te pasó?
Ella señaló la marca roja de mi cuello y traté de taparla rápido, pero ella agarró mi mano.
—Es del asiático ese —dije sin más—. ¿Cómo me quito esto?
—Sale en dos días mínimo, tranqui —dijo ella sin parar de sonreír y no voy a mentir, me irritaba un poco.
—¿Dos días? ¿Y las clases? —dije preocupada porque vieran esto.
—¿Qué escuela, niña? Si hoy es sábado. Para el lunes no hay nada.
Al final no encontré nada, así que Emilia me maquilló la marca para tranquilizarme un poco.
Carla y Emilia terminaron arrastrándome hacia el centro comercial, ya que se acercaba el aniversario de Carla y Fabricio y ella quería comprarle algo.
Carla nos hizo recorrer el centro comercial como dos veces.
—Ya me cansé, invítame un helado al menos —dije sentándome en una banca, ya cansada de caminar sin rumbo.
—Sí, Carls, yo también me cansé. Seguimos dando vueltas y no te decides por ninguno bueno.
—Es nuestro segundo aniversario, quiero algo especial e inolvidable.
—Un perfume. A Fabri le gustan los perfumes.
—Sí, y tiene demasiados, Emi.
Carla y Emilia discutían el regalo de Fabricio y yo solamente escuchaba.
—Pos no sé, vamos a la papelería y te compro un moño y te lo pones, ¿vale?
Carla y Emilia se rieron de lo que dije y yo también, la verdad.
—Oye, ¿vas a dejar de juntarte con Aran, ah? —Carla me dio una palmadita en el hombro nerviosa y yo me reí.
—Hablando de eso —dijo Emilia seriamente—, últimamente paras con Aran nomás.
Carla me miró con los ojos bien abiertos esperando mi respuesta y yo solo junté mis cejas, extrañada por su sorpresa.
—Pos mis dos mejores amigas paran con sus chicos pegadas como chicles. Y no es cierto, no paro siempre con él.
Ellas me miraron esperando que yo hablara más, pero me despegué de ellas y caminé más rápido.
—Se puso nerviosa la enana —gritó Carla.
Yo solo le saqué el dedo del medio como respuesta y escuché sus risas atrás.
—Cállense, por Dios, parecen las zarigüeyas de La Era de Hielo —dije mirándolas y caminando de espaldas.
—¡Ay!
Grité cuando me choqué con alguien.
—Perd...
Iba a disculparme, pero cuando alcé la cabeza para ver quién era, lo vi ahí parado y en mi cabeza solo pasó una cosa.
La ventana.
La maldita ventana.
Y mi cara se puso roja al instante.
—¿Estás bien? —preguntó él agachándose para estar a mi altura.
Yo solo asentí y me fui. No miré atrás ni dije nada.
"¿Pero qué mierda? No puedes ponerte así de la nada, Celestia, por Dios."
—¡Cele!
—¡Princesa!
Gritaron al unísono mis amigas corriendo para alcanzarme.
—Vieron, invocaron a Satanás.
—Jajaja, ¿por qué te fuiste así?
—Mira, entremos aquí.
Agradecí la interrupción de Carla porque no quería responderle a Emilia, la neta. Ni sabía qué responder tampoco.
Carla nos guio a una de las tiendas y por fin en todo el día eligió un regalo para su novio.