—¡Levántate! —Emilia se tiró encima de mí gritando.
Agarré mi celular para ver la hora.
—Emilia, son las seis de la mañana. ¿Quieres abrir el portón o qué?
Hablé con la voz ronca y me aferré aún más a mi frazada, pero ella me la quitó de un tirón.
—Apúrate, que primero vamos a desayunar a un nuevo lugar.
No me dio ni tiempo de responder porque ya me estaba jalando.
Al final me vestí con el feo uniforme y salimos caminando hasta el local del que había hablado Emilia.
Nada más entrar, vi que era un lugar tan... rosa y colorido que sentí que me dolían los ojos de tanto color pastel.
—Espero que la comida valga la pena al menos.
—Claro que sí. Ven, siéntate aquí.
Emilia me jaló para sentarme en una mesa para dos.
—No me mates, pero en cinco minutos va a venir Aran.
—¿¡Qué!?
—Es que... bueno, te gusta, ¿no? Es tu primera cita...
—Pero sin que él lo sepa, ¿no?
Terminé su oración.
—Mierda.
Emilia sonrió nerviosa.
—Me enojaría contigo, pero ahora mismo estoy más nerviosa que enojada.
Empecé a mover una pierna frenéticamente y estuve a punto de morderme las uñas, pero me detuve al recordar que las tenía pintadas.
—A ver... sabe que va a desayunar contigo.
Ella empezó a jugar con sus dedos mientras intentaba justificarse.
—¿Qué sabe exactamente, Emilia?
Puse una mano sobre la suya.
—Hola. ¿Por qué este lugar? ¿Y los demás?
Nos giramos al escuchar su voz.
Ahí estaba, con su mochila al hombro y el uniforme puesto.
"¿Por qué a él se le ve bien el uniforme?"
—¿Qué pasa, enana? ¿Tengo algo?
Se revisó al notar que lo estaba mirando.
—Nada...
—Bueno, yo voy a llamar a Carla.
Emilia me guiñó un ojo y se fue.
Dejándome sola con él.
"Te voy a encontrar, Emilia."
"Ahhh, genial. Y justo hoy no me bañé porque hacía frío."
"¿Por qué me pasan estas cosas?"
—¿Fabricio vendrá?
—No sé.
—¿Carla?
—Tampoco sé.
—¿La falsa Barbie volverá?
—Oye, no le digas así.
Le golpeé el hombro por burlarse de Emilia.
—¿Alguien vendrá o solo estamos tú y yo?
No respondí.
Solo me mordí el labio y, al parecer, él lo notó porque se puso de pie.
—Vamos a otro lugar que no parezca que vomitó un unicornio.
Me agarró de la mano y salimos del local.
—¿A... dónde vamos?
—A desayunar. Tengo hambre. Fabricio me hizo levantarme a las cuatro para estudiar.
—¿Y lo hiciste?
—Debía hacerlo. Si no, ese hombre es capaz de echarme agua.
Él seguía hablando de cómo Fabricio lo obligaba a aprenderse todos los apuntes, pero mi concentración estaba en nuestras manos entrelazadas como si fuera lo único importante del mundo.
—¿Te gusta este lugar?
"¿Cuándo llegamos?"
"Si le digo que no, ¿me llevará a otro lugar y nuestras manos seguirán juntas?"
—Sí... supongo.
Aran soltó mi mano y llamó a la mesera.
Al observar mejor el lugar, noté que era un restaurante callejero. Aunque normalmente no me gustaba comer en sitios así, tampoco quería ponerme quisquillosa estando con él.
—¿Qué desean ordenar?
Preguntó una joven con una voz demasiado coqueta dirigida a Aran.
—Perdón, ¿es tu novia?
"Mierda."
"¿Notó mi mirada hacia ella... o hacia él?"
—...
—No, somos mejores amigos.
Respondí antes que él.
Pude sentir la mirada fulminante que me lanzó.
—¿Estás soltero?
—No...
Luego volvió a mirar el menú.
—Me da dos hamburguesas. Una con coca y un café para mí.
La mesera se quedó unos segundos más antes de irse.
—¿Rechazaste a una chica?
—Pues sí. ¿Para qué? Ya me voy en unos meses.
"Cierto."
Él, Fabricio y Carla se irían a Nueva York por la universidad.
"Ya no los veré tanto."
"¿Y si encuentra a alguien allá?"
—Enana, ¿estás bien?
—Se van...
Dije mirando la mesa vacía, con los hombros caídos.
—¿Es tu forma de decirme que me vas a extrañar?
"Sí. Muchísimo."
—No.
A veces mi boca y mi cabeza definitivamente no trabajaban juntas.
—Oye, tu cara dice otra cosa.
Sonrió.
—Además, todavía faltan meses para eso.
"Claro. Solo meses."
—¿Ya pensaste qué vas a estudiar?
Pregunté cuando nos trajeron las hamburguesas.
—Ingeniería mecánica.
—¿Y tú?
—¿Vas a seguir tu sueño de piloto de carreras?
—Claro. Voy a hacerme famoso en la Fórmula 1.
Eso me hizo sonreír.
—¿Y tú, enana?
Me quedé pensando.
No porque no supiera qué estudiar.
El problema era otro.
—No lo sé.
—Mentira.
—No lo sé. Tal vez estudie algo simple.
—¿Y arte o música? ¿No te gusta eso?
"Sí me gusta."
"Pero no tengo dinero para estudiar esas carreras."
—Son solo hobbies.
Mentí.
Porque si le decía la verdad era capaz de pagarme la carrera y no quería limosnas.
—¡Mierda! Van a ser las ocho, enana. ¡Corre!
Aran dejó un billete sobre la mesa y me agarró de la mano para correr hacia la preparatoria.
Corrimos hasta cansarnos.
Bueno, yo me cansé.
—Tarde.
Dijo el portero sin dejarnos entrar.
—No me digas. Si no me lo dices, no me doy cuenta, Juan.
Le di un codazo a Aran por el tono burlón con el que habló.
—Lo siento mucho. No volverá a pasar.
Junté las manos y puse mis mejores ojos de gatito.
—Bien. Pero deben correr cinco vueltas al campo. Él cinco y tú dos.
—¿Por qué ella dos?
Se quejó Aran.
—Porque ella me cae bien.
Aran le mostró el dedo del medio.
Yo le bajé la mano rápidamente antes de que lo vieran.
—Compórtate.
Corrimos hacia el campo.
La verdad, yo no corrí ni la mitad de las dos vueltas.
Pero él sí hizo las cinco.
Después cada uno se fue a su salón.
—¡Buena suerte en tu examen