Aran
"No, somos mejores amigos."
"¿Por qué mierda me enoja tanto esa respuesta si es la verdad?"
"Solo amigos..."
—Bien, jóvenes. Espero que hayan estudiado porque no quiero verlos aquí el próximo año.
El profesor repartió los exámenes finales, esos que para algunos definirían si pasaban de año o no.
Yo estaría en esa categoría si no fuera por Fabricio, que me obliga a estudiar a las cuatro de la mañana cada vez que hay un examen importante.
Como ahora.
El problema no era el examen.
El problema era que la respuesta de cierta muchacha no salía de mi cabeza.
Y lo peor fue cuando aquella mesera me preguntó si estaba soltero.
Lo estoy.
Claro que lo estoy.
Pero una parte de mí respondió que no con solo mirarla a ella.
Me sobresalté cuando sentí un codazo.
—Responde el examen, imbécil.
—Ya voy.
Contesté sin ganas.
Resolví la prueba tal como había estudiado. Con sacar un seis ya pasaba de año.
Me levanté y entregué el examen.
El profesor me miró extrañado, pero luego me hizo una seña para que me retirara.
Y eso hice.
Aunque todavía tenía que esperar afuera a Fabricio y Carla.
Pasé varios minutos revisando mi celular cada pocos segundos, como si esperara un mensaje.
—Aran.
Me giré al escuchar una voz conocida.
—Angela.
—¿Aún estás molesto?
—No.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Aran?
—Claro. Habla rápido.
—¿Por qué ella?
—...
No respondí.
No porque no entendiera la pregunta.
La entendía perfectamente.
Simplemente no sabía cómo explicarlo.
—No me mientas, por favor.
—No lo sé...
Suspiré.
—Solo es ella.
Angela bajó la mirada.
—Te conozco desde hace años, Aran. ¿Nunca sentiste nada?
"Carajo, no quiero tener esta conversación."
"Ni con ella ni mucho menos aquí."
—Respóndeme.
—¿Qué quieres que te diga, Angela?
—Necesito escucharlo de ti.
—Te quiero, si eso es lo que quieres saber.
Ella sonrió con tristeza.
—Pero no me amas.
No respondí.
—No me amas como yo te amo a ti...
Hizo una pausa.
—...o como la amas a ella.
La miré.
"¿La amo?"
"Claro que sí, pero..."
"Según Celestia existen muchas formas de amor."
"¿Cuál es ella?"
—Jamás pusiste esos ojos conmigo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ojos?
—Esos.
Señaló mi rostro.
—Con solo mencionarla se te ilumina la mirada.
Sentí algo extraño en el pecho.
—Perdí, ¿no?
—Ni siquiera competiste, Angela.
Ella soltó una pequeña risa.
—Está bien.
Se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Espero que sean felices.
Y se fue.
Dejándome ahí con más dudas que antes.
"Accidenti, Celestia, cosa mi hai fatto?"
Me quedé pensando en todo lo que había pasado durante estos meses desde que ella se mudó a Texas.
"¿Por qué me pasa esto ahora?"
"Hace un año solo era mi mejor amiga."
"Y ahora recordar que dijo «somos mejores amigos» me molesta."
"¿Y si Fabricio tiene razón?"
Sacudí la cabeza.
No quería pensar en eso ahora.
Después de un rato salieron mis amigos y fuimos a almorzar.
—Oye, según el profesor casi todos aprobamos.
—Ajá.
Mi mirada seguía fija en la puerta de la cafetería, esperando que cierta niña apareciera saltando como una liebre, tal como siempre hacía.
—Aló, planeta Aran. ¿Estás ahí?
—Sí.
Contesté sin dejar de mirar la entrada.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Solo está enamorado.
Carla abrió los ojos de par en par.
—¿Qué?
—No le hagas caso al estúpido de tu marido.
—Oye, yo no tengo marido.
—Ahora dime quién es la afortunada o desafortunada.
—...
—Que no tengo a nadie.
—Sí, claro. Y yo soy rubia natural y Fabricio un genio.
Los miré levantando una ceja.
—No miento. No tengo a nadie.
—Por ahora.
Respondió Carla.
—¿Qué dicen?
—Decimos que ni tú te crees ese cuento, viejo.
Esta vez habló Fabricio.
No respondí.
Me limité a seguir comiendo.
—¿Ves? Tu silencio dice más que mil palabras.
—Cállate, teñida.
—¡Oye!
Carla fingió ofenderse mientras se tocaba el cabello y se quejaba con Fabricio.
—Aran, ¿algo que decir?
Negué con la cabeza mientras terminaba de masticar.
—¿Quieres que diga el nombre completo o qué?
Carla gritó tan fuerte que tanto Fabricio como yo nos sobresaltamos.
—¿Qué quieres que diga? ¿Que sí me gusta?
Solté el tenedor sobre la mesa.
—Sí.
Hubo un silencio de dos segundos.
—Ahora cállate y come.
Carla abrió la boca como si hubiera ganado la lotería.
—¡Lo sabía!
Se giró hacia Fabricio.
—¿Ves? No era tan difícil.
—Sí, es que a veces al niño le cuesta razonar.
—Saben que estoy aquí, ¿no, idiotas?
Los dos se echaron a reír.
Y pasaron toda la tarde molestándome por haber dicho la verdad.
Porque recién entonces me di cuenta.
"Mierda..."
"Acabo de admitir que me gusta Celestia."