No sé cómo acabé en esta situación otra vez.
Bueno, sí sé.
Emilia.
Siempre tenía que ser ella.
Emilia había organizado un viaje a la playa por una semana. Claramente, esta vez no éramos solo Aran y yo. Eso ya sería muy sospechoso, así que también trajo a Carla y Fabricio, y claro, ella también.
Con la pequeña diferencia de que alquiló tres habitaciones.
En una dormían Carla y Fabricio. Obvio, ellos son pareja, no tiene nada de raro. Lo raro es que ella me obligó a dormir con Aran y, no, eso no es lo peor de esta traidora.
Lo peor es que solo hay una cama.
Una cama.
No, eso tampoco es lo peor.
Lo peor es que a la niña se le ocurre avisar sobre la distribución justo cuando ya estamos todos en el hotel.
—¿Por qué no puedo dormir contigo?
—Porque hay una cama y yo pateo, ya lo sabes, cariño.
Emilia me tomó las manos con esa sonrisa de satisfacción que pone cuando consigue exactamente lo que quería.
—No hay problema. Ya hemos dormido juntos, enana.
"Sí, antes. Antes, cuando mi corazón no estaba a punto de explotar cada vez que estabas cerca."
"Ahora, cuando me tocas, solo siento... no sé lo que siento. Solo me pongo rara contigo."
—Claro.
Lo dije intentando no sonar nerviosa.
Él llevó nuestras maletas mientras yo cargaba toda la ansiedad encima. Y era muy probable que yo estuviera llevando lo más pesado.
Caminé detrás de él con pasos lentos hasta llegar a la puerta de la habitación. Ahí me quedé, mirándola sin atreverme a mover un solo músculo.
—No seas dramática, enana.
—No lo soy.
Entré lentamente sin mirarlo porque, si lo hacía, sentía que me iban a temblar todavía más las piernas.
La habitación era bonita.
En el centro estaba la cama.
Frente a ella había un televisor grande con una pequeña mesa.
También había un escritorio, donde podría dibujar toda la noche, y un enorme ventanal con vista al mar.
"Genial. Ahora tengo otro problema en mi lista."
—Cerremos esto.
Aran cerró las cortinas para que no viera el mar.
No porque fuera malo o cargoso, sino porque le tengo fobia al mar.
Sí.
Vine a la playa teniendo talasofobia.
Es que a ellos sí les gusta la playa y no quería arruinarles el viaje.
O sea, no odio la playa.
Es bonita.
Pero mi cerebro está convencido de que, en cualquier momento, el mar va a salirse y me va a arrastrar con él porque ni siquiera sé nadar.
Una vez lo intenté.
Y casi me ahogo.
Si no fuera por el hombre que ahora está a punto de provocarme un paro cardíaco, probablemente no seguiría aquí.
Barbie: Princesa, bajen. Vamos a la playa.
Barbie: Tranquila, elegí el lugar con menos olas y menos gente.
Yo: Vamos.
"Bueno, al menos no va a haber gente mirando."
"Tú puedes, Celestia. No va a pasar nada malo."
—Emilia dice que bajemos.
—¿Quieres ir?
Él me miró con esos ojos de preocupación que pone cada vez que estoy en un lugar o situación que no me agrada mucho.
—A ver, si no voy, ella vendrá a buscarme igual.
—Pues la voto.
—No, vamos.
Él asintió sonriendo, pero se metió al baño.
—¿Qué haces?
—¿Pretendías que fuera a la playa con pantalón?
"Ah, verdad. Debería cambiarme."
Aran salió con un short de baño, unas chanclas y una toalla colgada en el cuello.
Hice todo lo posible por no morderme el labio, pero no pude evitar mirarlo.
—¿Te gusta lo que ves, enana?
—¿Qué? —dije mirando hacia otro lado—. No, nada que ver.
Fui corriendo al baño para cambiarme.
Yo me puse un short pequeño como ropa de baño y una camiseta sin mangas, ya que no pensaba meterme al agua y no necesitaba traje de baño. También me puse mis chanclas rosas.
Salí y agarré mi libro para no aburrirme allá abajo, pero cuando caminé hacia el escritorio sentía su mirada pegada a mí a cada momento.
Tal vez era mi imaginación volando. O tal vez no. Quién sabe.
—¿Lista?
Aran preguntó con una voz ronca.
—No.
—Pues qué pena, yo sí. Vamos.
—¿Y para qué me preguntas entonces?
—Por cortesía... Apúrate, enana.
Él puso su brazo alrededor de mis hombros y casi me caigo en ese momento.
—Dale, camina.
"No me apures, que estoy procesando esto."
—Cállate.
Bajamos al lobby a esperar a Emilia y a los demás, pero él no me soltaba ni un segundo
Los chicos bajaron y nos dirigimos a la playa.
Y sí, era tal como Emilia me había dicho.
No había nadie, a excepción de algunos meseros. Era una parte de la playa reservada solo para nosotros.
—Wow, a veces se me olvida que ustedes son millonarios.
—¿Cómo que a veces?
—Es que no parecen.
—¿No parecemos? Emilia lleva un bolso que vale más que una casa.
—Bueno, y luego en el almuerzo me pide diez dólares porque no tiene.
Ambos nos reímos mientras caminábamos hacia la playa.
No lo voy a negar.
El lugar era hermoso.
El agua cristalina.
La arena suave.
Y lo mejor de todo...
Solo estábamos nosotros cinco.
Emilia y Carla corrieron al mar mientras Fabricio iba a paso de tortuga, solo para vigilar que no les pasara nada.
—Toma.
Aran me trajo una tumbona para sentarme.
—¿Y para qué la otra?
Pregunté al ver que traían una segunda tumbona.
—Para mí, obvio.
Respondió dándome un pequeño golpe en la frente.
—¿No vas a ir al mar con ellos?
Él negó con la cabeza y se acomodó mirándome.
—Lee. Yo te hago compañía.
Sonreí y me puse a leer.
Aunque la lectura no duró ni cinco segundos porque no podía concentrarme si él me miraba.
—Celestia, ¿puedo decirte algo?
Dejé el libro a un lado cuando escuché mi nombre en su boca.
—Claro.
"¿Ahora qué le pasa?"
"¿Hice algo malo?"
"No, no hice nada."
—No tienes que contestarme si no quieres.