20 de julio del 2007
Un niño había perdido a la única persona que lo cuidaba y amaba incondicionalmente.
El niño estaba en el asiento trasero de un auto de lujo sin entender muy bien todo lo que pasó en una sola semana.
“Mamma.”
Mamá.
“Mi manchi tantissimo, mamma.”
Te extraño mucho, mamá.
“Mia zia dice che dovrò vivere con loro quando tornerà.”
Regresa, la tía dice que debo vivir con ellos.
El pobre niño estaba teniendo una crisis por la pérdida de su madre.
—Tesoro, ci siamo quasi, okay? —la mejor amiga de su madre le habló con voz suave, pero temblorosa.
El pequeño Aran no era el único que estaba devastado por perder a Maria.
Aran no dijo nada, solo miró por la ventana una ciudad que no era desconocida para él, pero esta vez no se quedaba solo unas semanas.
El auto se detuvo, al igual que él.
—Aran, cariño, tienes que bajar, ¿OK?
Aran la miró con una mirada que no debía tener un niño de tan solo seis años.
Su mirada estaba apagada, su mandíbula floja y sus ojitos estaban rojos.
A Rous se le apretó el pecho, pero no lo mostró. Se agachó para hablarle cara a cara.
—Sé que estás triste y dolido, pero a mamá le gustaría que yo te cuidara. —Su voz se entrecortaba mientras hablaba.
—Voglio tornare a casa, zia, da mia madre. —El ragazzo soltó sin más, negándose a bajar del auto.
—No quiere, ¿qué hacemos?
Rous le preguntó a su marido.
—¿Puedo intentarlo?
Fabricio, el tercer hijo de ellos, se acercó.
Tanto Álvaro como Rous asintieron, a ver si él podía convencerlo.
—Hola, Aran.
Aran lo miró, pero no respondió su llamado.
—No sé cómo se siente lo que estás sintiendo, pero sé que mamá y papá tratan de ayudar.
Aran seguía sin hablar.
—La tía María se enojaría si eres desobediente.
Aran lo miró con la mirada aún decaída.
Pero esta vez se movió para bajarse del auto.
Los Russo se quedaron sorprendidos.
—Buen hecho, mi niño. —profirió.
Rous le acarició la cabeza a Fabricio con cariño y él sonrió, llevando a Aran a su nuevo hogar.
Fabricio lo tomó de la mano y lo llevó al interior del hogar.
Aran conocía cada rincón, como el mueble donde los tíos Álvaro y Harold veían el fútbol o el comedor donde…
Los ojos de Aran se empezaron a cristalizar al recordar cómo su madre siempre ayudaba a preparar la mesa en esta casa.
—Hoa.
Los dos se voltearon a ver a una niña pequeña con unos lentes circulares y una sonrisa, mostrando sus pocos dientes.
—Celestia, ¿la recuerdas?
Él asintió.
No tenía ganas de jugar con ella esta vez, solo subió las escaleras y se encerró en la habitación que ahora era de Fabricio y de él.
El niño no salió en todo el día de la habitación.
“Mamma, ti sto aspettando.”
“Voglio tornare a casa.”
“Avevi promesso di andare al museo dell'auto, se non vieni sei un bugiardo.”
Aran no pudo más y empezó a llorar en silencio.
“Mi hai detto che non si dovrebbe mentire.”
—Aran…
Fabricio, que entró para darle unas galletas, lo vio llorando en su cama, abrazando sus rodillas.
El pequeño Fabricio fue, sin decir nada, dejó las galletas en el escritorio y se quedó con él hasta que se calmara.
FIN DEL PRIMER EXTRA