Incorrupta

IX

UNA SEMANA DESAPARECIDA.

 

Es raro describir lo que ha pasado estos últimos cuatro días. Todo ha sido un ciclo de repeticiones sin resultados que satisfagan o calmen las ansias. El agente que vino para iniciar la investigación oficial hizo solo unas cuantas preguntas y luego se esfumó. Fue como si no le interesara hacer su trabajo, como si no se tratara de una vida la que tiene en sus manos.

Nos sentamos a revisar una y otra vez con lo que contamos. Sabemos que Abi no se fue en transporte público, pero ¿qué hacía su bolsa en la plaza? Leonardo piensa que la sembraron y por alguna razón insiste en vigilar al novio y a las amigas. Aunque creo que es un gasto de recursos innecesario, me mantengo callada porque el profesional es él.

Eduardo regresó a Cuernavaca para extender su permiso y estará de vuelta en unas horas.

Edmundo ha venido todas las noches a conversar, creo que de alguna manera me prepara para lo peor. Y yo me pregunto ¿qué sería lo peor? ¡Sí!, encontrarla muerta sería devastador, pero mi mente comienza a darle espacio a esa terrible posibilidad, aunque se rehúse a permitirle que se quede instalada.

Soy consciente de que el dinero se termina. Luis toma la decisión de volver al trabajo. Su horario es de ocho de la mañana a tres de la tarde, por lo que le queda tiempo suficiente para continuar con este pesado proceso.

Roberto llegará al país en dos semanas y comunicó que vendrá directo con nosotros. En cada llamada se le escucha muy afectado, pareciera que se encuentra viviéndolo en primera línea como los demás.

De Roberto puedo decir que es un hermano muy consentidor, hasta un poco “tapadera” de las locuras de mis otros hijos, pero es porque no es capaz de traicionarlos. Abi lo quiere mucho. Él siempre le envía postales de sus viajes y ella las guarda como una preciada colección en una cajita de metal que también le regaló. Le hizo la promesa de que al cumplir los dieciocho años la llevaría a sacarse la visa estadounidense para invitarle un paseo por el país vecino. Pienso que esa promesa es lo que lo mantiene de pie en estos momentos.

Alma y Eleonor se han ido, les insistí que fueran a sus respectivas casas para estar con sus familias. Me siento una ladrona al tenerlas todo el tiempo aquí. Estoy segura de que volverán, pero darles un respiro de nuestra tragedia es lo mejor para todos.

 

Es domingo y en un día normal yo tendría que revisar pendientes de la escuela. Pero ya nada es normal en esta casa.

Tomo un té de tila en la barra de la cocina para ayudar a relajarme.

Luis sostiene una taza muy caliente de café, así le gusta. Lo prueba sin siquiera soplarle. El humo ronda su cara y ni siquiera lo nota. Se ha quedado pasmado, pensando o recordando, y sus ojos se enrojecen sin decirme nada.

Apenas voy a hablarle cuando Pablo sale de su habitación, vuelve dos pasos, da una vuelta, luego otra, hasta que por fin se nos acerca.

—¿Será que puedo ir a un partido? —pregunta nervioso y no nos mira de frente.

Me levanto de un tirón y la taza de té se derrama por el impacto.

¡Mi pobre hijo! Voy hacia él. Lo veo más delgado y ojeroso. Sujeto su cara y aguanto las ganas de llorar. Sé que duerme muy poco porque desde niño sufre de insomnios cuando algo le preocupa. Es necesario que su mente vuele hacia otro lado, aunque sea un par de horas.

—¡Pero claro que sí! —respondo enseguida—. Ve, hijo. Te hará bien.

Él vacila.

—¿Me llamarás si hay algo?

Ya le hemos comprado un teléfono, no vamos a cometer el mismo error dos veces.

—Serás el primero en enterarte si llegan noticias —al decirlo hago un esfuerzo por sonreír, o eso intento; en realidad ya estoy olvidando cómo hacerlo.

Tocan el timbre y Pablo se adelanta a abrir.

Es su amigo Alex el que llega. Alex, así le dicen, pero se llama Alessandro Ricci, es su mejor amigo y compañero de la universidad. Pronto los dos se van a graduar.

¿Qué puedo decir de Alex? Es un muchacho muy alegre, tiene la misma energía que Pablo, por eso se llevan tan bien. Durante un tiempo creí que a Abi le atraía porque cuando venía, ella cambiaba su forma de comportarse y hasta de hablar. Debo reconocer que es un joven apuesto. Su padre es italiano y su madre mexicana, por lo que su mezcla resultó en un bonito jovencito. Es de piel blanca, ojos verdes y cabello negro. Tiene las cejas pobladas y una mirada que te hace evadirla cuando te observa.

—Buenos días —dice Alex al acercarse. Lleva puesto su uniforme para el juego y un balón entre las manos. Parece avergonzado, como si estuviera cometiendo un delito al venir por Pablo—. Mi madre le manda a decir que tiene a Abigaíl en sus rezos diarios.

—Te agradezco. Dile a tu mamá que no deje de pedir por ella.

Pablo se apresura a irse a cambiar y yo me quedo parada frente a su amigo.

—Lo haré… —confirma el joven. Da un paso hacia atrás, voltea titubeante y luego regresa a vernos—. Me enteré de algo, pero no estoy seguro de decirlo sin pruebas.

—¿Qué es? —pregunta de inmediato Luis y se voltea para verlo directo.




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