Incorrupta

XXXV

DOCE MESES Y TRECE DÍAS DESAPARECIDA.

 

Conduzco directo a la fiscalía. No pienso dar marcha atrás.

En cuanto estaciono el carro, me bajo. Siento como los pies chocan fuerte contra el pavimento. Llego a la puerta. Allí encuentro a un policía; el cual me intercepta.

—¿En qué puedo ayudarle, señora? —pregunta serio.

—Necesito hablar con el fiscal Navarro. Es urgente.

Trato de hacerlo a un lado, pero el regordete hombre insiste en obstaculizarme.

—Lo siento, señora, el fiscal Navarro descansa los domingos.

—Pero es importante, es sobre el caso de...

—Le repito, señora —interrumpe—, hoy no viene. Si gusta, puede agendar una cita con la secretaria, o ver al encargado de la guardia.

Miro frustrada hacia adentro. Hay una mujer con el ojo morado que carga un bebé, y un jovencito que mira concentrado sus manos. Ambos esperan su turno, igual como lo esperé con Luis un año atrás.

Conforme los meses pasaban desde que Abi desapareció, creía que cuando se cumpliera un año sufriría un tormento peor, pero toda la atención que tuve justo ese día lo aminoró, incluso la charla con Luis fue reconfortante.

—¿Algo más en lo que pueda ayudarle? —pregunta el policía.

Resoplo quedito.

—No, gracias.

Me retiro, decepcionada, incrédula de que el fiscal no se encuentra allí. ¿Se estará escondiendo? ¿Fue él quien dio la idea de la cacería que han iniciado contra mí y mi hija? ¿Tendrá una buena explicación para deslindarse? Después de todo, algunas cosas que dijeron en el noticiero solo las sabía Santiago. Él debe estar inmiscuido.

Sea como sea, no podré verlo hasta mañana.

Me niego a volver a casa, Pablo hará preguntas, por eso decido ir al local que usamos las madres buscadoras. Se encuentra solo, y la privacidad me servirá para llorar sin que mi hijo lo presencie.

Es inaceptable que a mi Abi se le señale de manera negativa, ¡no lo acepto y no pienso dejarlo así!

Dentro y a puerta cerrada, paso lamentándome varias horas. Quisiera despertar y salir por fin de esta pesadilla. En el momento más bajo, se me ocurre una idea.

Voy hacia el archivero que Susana donó, allí están nuestras carpetas de los casos. Logramos rescatar la de Catalina. La vuelvo a ojear.

Ella estaba convencida de que el sujeto apodado el Marrano fue el responsable de la desaparición de su hijo. Pronto pienso en que ese hombre quizá sabe algo sobre Abigaíl.

El archivo de Cata tiene dos direcciones. Copio ambas en una hoja de papel y salgo del local.

En realidad, no estoy pensando bien, todo parece confuso, actúo conducida por el profundo coraje que está ardiendo en mí.

Dejo el coche en un estacionamiento.

En tan solo quince minutos ya me encuentro en un callejón solitario. Sigo las pistas que mi difunta compañera consiguió. Me deslizo por las sombras de la tarde. El corazón me late desesperado porque vuelva mis pasos, pero no, no lo haré.

Detengo mi andar a unos diez metros de distancia de la entrada de un almacén de abarrotes. Las notas de Catalina apuntan a que ese hombre peligroso suele pasar su tiempo en este lugar, el cual es un casino clandestino que también usa como oficina central de sus “negocios”.

A medida que avanzo cautelosa, escucho murmullos y fuertes carcajadas provenientes del lugar que se supone está cerrado; se ubica al final del callejón, escondido entre dos altos edificios altos.

Me acerco con movimientos lentos, muy lentos. Es mejor no hacer ni un poco de ruido. Con cada paso, me recorre el deseo de encontrar respuestas. Quizá allí si las obtenga.

Hay una ancha ventana a mi costado.

Mi respiración ya está tan agitada que siento ahogarme.

¡Tengo que atreverme, es lo único que me queda! La asquerosa “justicia” no sirve para mí, pero ¿para quién sí sirve?

Respiro hondo y lo hago: me asomo, lo más mínimo posible.

A través del vidrio estrellado veo a un grupo de hombres reunidos en una habitación amplia. Hablan y ríen como si fuera cualquier tarde entre amigos. Enseguida distingo la figura imponente de un hombre corpulento. ¡Es él! ¡Es el de las fotografías! Me parece que lo rodea un aura maliciosa y su carcajada sobresale de sus acompañantes.

¡He hallado al Marrano! Ojalá tuviera la astucia y el conocimiento del detective Medina, ojalá tuviera una Bertha.

«¿Qué estás haciendo, Rita?», me reprendo. Esta es una completa locura. El sujeto ni siquiera es sospechoso en el caso de Abigaíl. Decido retirarme. Pablo me espera en casa.

De repente, un ruido detrás hace que gire de golpe. Para mi desgracia, me encuentro cara a cara con un hombre alto, delgado y poco amigable. Carga consigo un llamativo fusil.

Mis músculos se tensan, preparados para la huida o el enfrentamiento, mientras mi mente se llena de imágenes perturbadoras y escenarios catastróficos.




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