Indeleble Pecado

ᴄᴀᴘɪᴛᴜʟᴏ 1

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El gran salón de Zebhul, donde se llevaría a cabo una reunión de emergencia convocada por el mayor de los arcángeles

Era lentamente ocupado por sus hermanos, quienes tomaban sus respectivas posiciones... o al menos lo intentaban.

—¡Ohhh, hace tanto tiempo que no nos reunimos! Estoy muy contenta de volver aquí. ¿No crees que es emocionante, Nuriel? —comentó la bella arcángel, girando con ligereza sobre sus talones mientras caminaba junto a su fiel compañero.

Raziel, de largo cabello oscuro como las noches de invierno, llevaba una pequeña diadema dorada con detalles morados sobre la cabeza. Su piel pálida contrastaba con sus intensos ojos violetas.

Una obra celestial en sí misma.

—Sin duda está en lo cierto, mi general —respondió el ángel con tono respetuoso.

Nuriel, capitán del Tercer Cielo, Shehaquim

Era un joven apuesto, de cabello rubio y ojos azules que siempre parecían alertas ante cualquier amenaza.

—Nuriel, deja el formalismo a un lado... ya te dije que es molesto que me hables así. —Un suave mohín se dibujó en los labios de Raziel.

—Le ruego me disculpe, pero no es el lugar adecuado para dirigirme a usted con familiaridad. —Lo dijo en un leve susurro, audible solo para ella.

La joven estaba a punto de replicar, pero fue interrumpida por la voz de su hermana mayor.

Amithiel, de cabellos castaños decorados con una corona hecha de ramas y hojas, tenía una piel clara y pecas sobre las mejillas.

Sus ojos verdes parecían penetrar en el alma de quien los enfrentara.

—Siempre tan descarriada, Raziel. Pidiendo cosas sin sentido. Ya te lo he dicho muchas veces: "Debes aprender a controlar ese temperamento tuyo." —Suspiró con suavidad—. Veo que aún te falta mucha experiencia.

—Lo siento... solo estoy emocionada de volver a verlos. —respondió la pelinegra, bajando la cabeza.

Nuriel, por su parte, tuvo que hacer un esfuerzo para no replicar.

No le agradaba cómo Amithiel trataba a su general, pero sabía que no estaba en posición de reclamar.

No pasó mucho tiempo antes de que nuevas voces se hicieran presentes en el salón.

Los arcángeles Azrael, Luzbel y Raphael ingresaron a sus lugares, aunque fue Luzbel quien habló primero.

—Amithiel tiene razón, Raziel. Tu comportamiento demuestra falta de experiencia. —Una sonrisa ladina se formó en sus labios—. ¿No ves a Amithiel? A ella le sobran años de experiencia... por eso su rostro ya es alargado y aburrido.

Las risas de Azrael no tardaron en sumarse, seguidas por las carcajadas del propio Luzbel.

—Descuida, Raziel —añadió Azrael con tono burlón—aún estás a tiempo de obtener la experiencia de Amithiel. Solo no pierdas esa luz que tienes. Este mundo necesita al menos un poco de alegría.

—¿Cómo se atreven? —exclamó una furiosa Amithiel al ver cómo sus hermanos se mofaban de ella.

Del otro lado del salón, Raziel sonreía discretamente.

Le reconfortaba el apoyo de sus hermanos mayores.

—Tú iniciaste esto, Amithiel —intervino Azrael con calma—. No intentes apagar la luz de Raziel. No todos nacimos con el talento de ser tan... amargados como tú.

Amithiel frunció el ceño y desvió la mirada, buscando apoyo en Raphael, quien había presenciado toda la discusión en silencio.

—A mí ni me mires. —dijo con total desinterés—. Si tú quieres ser una amargada, adelante. Si Raziel quiere ser un costal de alegría, también. Honestamente, poco o nada me importan sus conflictos.

Raphael, frío y asocial, rara vez se inmiscuía en disputas celestiales.

Mientras no lo afectaran directamente, prefería ignorarlas por completo.

Azrael y Luzbel compartían cierto gusto por molestar a Amithiel.

No simpatizaban con su carácter estricto, y mucho menos con sus constantes críticas, especialmente cuando eran dirigidas hacia su hermana menor.

Con intención de reprender a Raphael por su falta de colaboración, Amithiel se puso de pie.

Pero fue interrumpida por la llegada del último de los hermanos.

El arcángel Michael ingresó al salón con paso firme, dispuesto a tomar su lugar al inicio de la gran mesa.

Sin embargo, lo encontró ocupado por Azrael.

—Azrael, muévete. Estás en mi lugar. —dijo, con una mirada molesta hacia su hermano menor.

Azrael no se inmutó. Aun con la diferencia de jerarquía, no temía enfrentarse al mayor. Ya no, no después de las últimas décadas, en las que había forjado su carácter.

—Es solo un lugar, Michael. ¿Desde cuándo importa tanto dónde nos sentamos? —respondió con calma— ¿O es que ese asiento te hace sentir superior?

Todos los arcángeles guardaron silencio, expectantes ante la posible reacción de Michael.

Para sorpresa de todos, simplemente se dirigió a otro lugar y tomó asiento.

—No tengo tiempo para estos juegos. Hay asuntos importantes que deben ser tratados.

Unos segundos bastaron para que el salón recobrara su solemnidad.

—He recibido el anuncio de la llegada de un nuevo integrante a nuestra peculiar familia.

Los rostros de sorpresa no se hicieron esperar.

Hacía más de doscientos años que no se creaba un nuevo arcángel.

Los ángeles nacían a menudo, sí... pero un arcángel era una creación gloriosa, casi legendaria.

—¡Qué emoción! —exclamó una sonriente Raziel, mirando al mayor con impaciencia.

—¿Cuándo será enviado? —preguntó Raphael, serio como siempre.

—Llegará en tres meses.

—¿Ya tiene nombre? —intervino Luzbel, con disimulada emoción.

—Sí. Se llamará Uriel. Será el Arcángel de la Luz y la Esperanza.




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