CAPÍTULO 2:
SOMBRAS BAJO UN CIELO DORADO
NARRADOR
Habían pasado tres décadas desde la llegada de Uriel al cielo.
Ahora, con apariencia de un joven de veinte años, el pequeño arcángel había alcanzado la madurez física requerida para comandar una legión.
Aún no tenía toda la experiencia, pero su determinación era clara: no decepcionaría a sus hermanos.
En el gran salón de Velum, los ángeles novatos se reunían para ser asignados a los distintos ejércitos.
Uriel, con paso firme, admiraba una vez más la majestuosidad del lugar.
Siempre había amado la belleza del cielo, pero esta vez, su atención fue arrebatada.
Un joven de cabello negro y ojos grises cruzó las puertas del salón.
Iba acompañado por otro ángel, uno de cabellos tan blancos como la nieve y ojos violetas que brillaban con un aire misterioso.
Uriel reconoció de inmediato al pelinegro.
Lo conocía de memoria.
Su mirada se cruzó brevemente con la de Haelh... y como un acto reflejo, desvió los ojos con rapidez.
El corazón le dio un vuelco.
Habían pasado tres décadas desde la última vez que pidió que dejaran de invitarlo a Mekoh.
Lo había hecho por orgullo, o tal vez por miedo.
Y sin embargo, allí estaba él... como si el tiempo no hubiera pasado.
Uriel sacudió la cabeza, forzándose a mantener la compostura, y continuó su recorrido hacia el estrado.
Ahora era el comandante de Araboth, el cielo oculto que resguardaba a los cuatro serafines.
Aunque era una región silenciosa y en calma dado que los serafines raras veces despertaban, él sentía orgullo por su nuevo cargo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por unos brazos delgados que lo rodearon por detrás.
—¡Ohhh, me alegra tanto volver a verte, Uri! —dijo Raziel con una sonrisa radiante.
—También me alegra verte, Raziel —respondió él, sincero.
—¿Acaso hice algo que te molestara? —preguntó de pronto, con una sombra de duda en la mirada.
—¿Por qué lo dices, hermana?
—Han pasado tres décadas desde la última vez que viniste a verme —sus ojos se perdieron brevemente en el vacío, como buscando una explicación.
—Me temo que Amithiel ha sido especialmente exigente en estos años. No me ha quedado mucho tiempo libre —susurro, como si fuera un secreto entre ambos.
Raziel sonrió.
Ella conocía bien lo que era vivir bajo las expectativas de su hermana mayor.
Ella misma había pasado por ese entrenamiento infernal.
—Imagino que si no pediste ayuda, es porque aprendiste a lidiar con ello. —Rozó la mejilla de Uriel con ternura—. Cada día eres más fuerte, pequeño. Estoy muy orgullosa de ti.
—Siempre serás mi favorita, Raziel.
El cariño entre ambos era evidente.
Ella lo había amado desde el instante en que supo que nacería. Incluso tras el anuncio de Gabriel décadas atrás, ese vínculo con Uriel nunca fue superado.
—Te traje algo. —Nuriel, su capitán, se acercó y le entregó un libro encuadernado en cuero marrón con detalles dorados—. Estoy segura de que te encantará.
—Gracias, Raziel. Lo leeré con gusto.
Ella se retiró para tomar su lugar, y Uriel volvió a su asiento, el libro aún en sus manos, esperando el inicio de la ceremonia.
𝙰𝚕 𝚘𝚝𝚛𝚘 𝚕𝚊𝚍𝚘 𝚍𝚎𝚕 𝚜𝚊𝚕𝚘́𝚗...
—Vamos, Haehl. Ya es hora. Debes reunirte con tu comandante —dijo Remiel, ajustándose los lentes sobre el dorso de la nariz.
—¿Ahora también eres su niñera? ¿Le dirás qué comer, cómo vestirse? —resopló Zachariel, molesto por la interrupción.
—Cálmate —intervino Haelh con un suspiro—. Rem tiene razón. Debo volver...
—¿Rem? ¿Desde cuándo lo llamas así? —replicó Zachariel, aún más irritado.
Remiel sonrió, divertido, pero no dijo nada. Haelh prefirió ignorarlo.
—No exageres. Vuelve a tu palco, Zachariel. Hablaremos luego.
Sin más, ambos pelinegros se alejaron del lugar.
Haelh suspiró, sintiendo esa incomodidad habitual cuando Zachariel se ponía posesivo.
—Sé que el arcángel Uriel no es de tu agrado —dijo Remiel—, pero al menos intenta ser comprensivo con él. Se esfuerza, ¿sabes?
—No es su esfuerzo lo que me molesta —respondió Haelh secamente—. Es su fragilidad ante ciertas circunstancias.
—Tu deber no es solo protegerlo. Debes guiarlo, ganarte su confianza. No eres un soldado más, Haehl. Eres su sombra y su escudo.
—Ni siquiera soy su capitán —resopló—. Podría ser Haniel quien se encargue. Al fin y al cabo, él fue quien lo entrenó durante estas décadas.
—Y eso te molesta.
Haelh se quedó en silencio.
—Sabes bien que la elección de capitanes la hacen por votación los arcángeles. Aún puedes ganarte ese lugar, si así lo deseas.
—No prometo nada —murmuró.
Llegaron hasta el palco donde se encontraba Uriel. El pelinaranja estaba sentado con el libro de Raziel en las manos, visiblemente nervioso.
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Editado: 02.01.2026