Indeleble Pecado

ᴄᴀᴘɪᴛᴜʟᴏ 3

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CAPITULO 3

PARTE I: EL GUARDIÁN CARMESÍ

AZRAEL

—Dos veces por mes.

La voz se oyó desde el fondo del pasillo norte, profunda y suave como un murmullo arrastrado por el viento. No iba en esa dirección, pero algo me detuvo: la vibración de esas palabras y la figura que las había pronunciado.

Una cabellera rosada, larga y ondulante, danzaba como seda al compás de la brisa etérea. Sus puntas brillaban con reflejos iridiscentes bajo la luz blanca que emanaba de los vitrales.

Harlet.

El tercer serafín estaba de pie, sereno, con las manos cruzadas a la espalda, mirando a través de una pequeña ventana tallada en cristal celestial.

Su postura era digna, inmutable, como si la eternidad se hubiese detenido para observar el mundo a través de sus ojos carmesí.

Mi corazón dio un vuelco.

—Lamento la intromisión, mi lord —dije al instante, haciendo una reverencia que intentó esconder el temblor en mis piernas—. No sabía que estaba despierto.

No respondió de inmediato.

—¿Por qué lo haces? —volvió a hablar, sin girarse siquiera.

Su tono era curioso... pero también inquisitivo.

—Me temo que no comprendo la pregunta, mi lord.

¿Lo había ofendido?

¡Perfecto, Azrael, simplemente perfecto!

¿Qué era lo próximo?

¿Ser borrado de la existencia?

—Has venido al castillo dos veces al mes durante estas tres décadas. Sin falta. —Esta vez sí giró el rostro y me miró.

Sus ojos. Rojo carmesí, puro e hipnótico. Como brasas divinas que no ardían... consumían.

—¿Por qué lo haces? —repitió.

Mi mente corrió como un río desbordado. No podía decirle la verdad. ¿Cómo explicarle que venía con la absurda esperanza de encontrarlo a él o a Dihan? Que deseaba hablarles, entrenar con ellos... aprender algo.

Aunque fuera una mirada.

Era patético.

Ridículo.

—Me gusta el paisaje que se puede observar desde aquí —dije finalmente, sintiéndome más estúpido que nunca.

Por un instante pensé que no había surtido efecto.

Pero entonces, la más leve curvatura apareció en sus labios.

Una sonrisa diminuta, apenas visible.

—Qué decepción —musitó, acercándose con lentitud—. Una mentira bastante absurda... pero divertida.

Pasó a mi lado. Su aroma era delicado y limpio, como flor de almendro y hielo.

—Lo dejaré pasar... en esta ocasión —añadió sin mirarme, mientras continuaba su camino.

¿En esta ocasión?

¡¿Eso significaba que podría haber una próxima?!

¡No! ¡No podía dejar que se alejara creyendo esa tonta excusa!

Inspiré profundamente.

—Mi lord... —dije, y su figura se detuvo—. De hecho... yo quería volverlo a ver.

Mis palabras resonaron en el pasillo como si fueran confesiones prohibidas.

Él giró apenas el rostro, lo suficiente para observarme por sobre el hombro.

—Deseaba poder enfrentarme a usted o a su hermano en batalla. Tal vez... así adquirir nuevos conocimientos —agregué con un poco más de fuerza.

El serafín se giró por completo. Sus ojos me escudriñaban. No había burla esta vez. Solo una especie de interés frío.

—Demostrar tu valía es lo que realmente anhelas —afirmó con calma—. Qué ambiciosos deseos... Me recuerdas a él. Hace mucho que no lo veo...

¿Él?

¿A quién se refería? ¿A Luzbel? ¿A algún otro ser desconocido?

—Si no es mucha molestia, mi lord... le ruego que acepte mi petición.

Tenía las palmas sudadas.

Sudor...

¿Desde cuándo sudaba yo por algo que no fuera una batalla?

Harlet tenía una apariencia angelical: facciones finas, piel de porcelana, pestañas largas... Pero no había nada más intimidante que su mera existencia.

Era alto. Demasiado alto. Mientras yo apenas superaba el metro ochenta, él alcanzaba con facilidad metro noventa y cinco.

No sólo era una estatua viva de belleza celestial, sino también una leyenda viviente. Un ser que, según los libros antiguos, no dudaba en destruir lo que consideraba una amenaza para el equilibrio.

Y sin embargo... ahí estaba yo. Implorándole como un novato.

—¿Qué ganaría yo con esto? —preguntó, cortante.

—Lo que usted me pida... lo cumpliré. Tiene mi palabra.

No lo pensé. No lo razoné. Solo lo sentí.

Haría cualquier cosa por aprender. Por ser mejor. Por superar incluso a Michael.

Harlet entrecerró los ojos, evaluándome como si viera cada uno de mis pensamientos.

—De acuerdo —dijo al fin.

No me dio tiempo a reaccionar. En un abrir y cerrar de ojos, lo tenía justo enfrente. Alto, imponente.

Tomó mi mano derecha entre las suyas, su piel era fría como mármol pulido, pero no desagradable.

Trazó con el dedo una runa incandescente en la palma de mi mano. Ardió. Una mezcla de dolor y energía me recorrió el brazo. Era un sello... un símbolo de acceso.

Y entonces, sin romper contacto visual, besó mi palma. Un gesto antiguo, casi ritual.

—Vendrás a mi recámara la próxima luna llena —anunció con una voz baja, firme—. Entrarás sin ningún inconveniente. Solo debes apoyar la mano sobre la cerradura, estaré esperándote Azrael.

Volvió a girarse y caminó, alejándose sin más palabras, sin despedida.

Lo observé desaparecer pasillo abajo, tragado por la bruma blanca del castillo. El calor de la runa seguía ardiendo suavemente en mi palma.




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