CAPITULO 4
𝐑𝐔𝐏𝐓𝐔𝐑𝐀𝐒
𝐇𝐀𝐄𝐇𝐋
—¿Cómo puedes soportar estar en esa legión, Haehl? —dijo Ariel, recostado despreocupadamente sobre el respaldo de un banco de mármol.
—Hace rato ya habría exigido mi cambio a otra legión —agregó Jofiel, estirando sus alas con desdén, como si la conversación le resultara aburrida pero necesaria.
—Tienes razón. Yo habría salido corriendo en cuanto me hubiera enterado que el "ángel llorón" sería comandante —añadió Kazbeel con una risa amarga, como quien lanza un dardo al corazón solo por diversión.
"Ángel llorón"...
Ese maldito apodo otra vez.
Mis puños se cerraron con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos.
Antes, me era indiferente cómo se referían a Uriel.
Antes.
Pero ahora...
Ahora algo había cambiado. Algo dentro de mí ardía cada vez que lo escuchaba.
Las carcajadas de Zachariel fueron las peores.
Su risa estruendosa y burlona, como un tambor que anunciaba la guerra.
—Es tan bondadoso que incluso lo defendió frente a todos para que el llorón dejara de sufrir —dijo entre risas.
No.
Eso fue demasiado.
Eso lo había dicho solo frente a él.
Me levanté de golpe.
Sin una palabra.
Sin mirarlos siquiera.
Pasos suaves me siguieron.
—¡Espera, Haehl! ¡Era solo una broma! No fue para tanto —la voz de Zachariel resonó tras de mí.
No me detuve.
—Para mí sí lo fue —respondí con la voz baja, pero firme—. A diferencia de ti, yo no necesito divulgar las desgracias de otros para ser relevante ante el resto, Zachariel.
—Siempre lo hice... ¿Por qué te molesta que ahora lo haga? —Su voz ahora temblaba. Lo conocía lo suficiente para saber que estaba entrando en pánico.
—Porque ahora sí me importa.
Silencio.
Zachariel me alcanzó, se detuvo frente a mí, con el rostro desencajado, los ojos cristalinos. Lo veía luchar consigo mismo.
—Esto se trata de Uriel, ¿verdad? —exhaló—. Me atrevería a decir que le cogiste aprecio a ese ser tan patético. Pero eso sería demasia...
—¿Y qué si así fuera? —le interrumpí de golpe, sin levantar la voz.
Sus ojos se abrieron con asombro, dolidos. Se aferró a mi chaqueta con desesperación.
—¡Es un chiste, ¿verdad?! ¡Dime que es un chiste! ¡No puedes haber cambiado por esa... esa zanahoria! —su voz temblaba de furia y tristeza.
—Si deseas escuchar chistes, ve a pedirle a Jofiel que te los cuente. Porque yo ya no tengo humor para tus juegos, mucho menos si se trata de mi comandante.
—¿Tu comandante? ¡¿Ahora lo llamas así?! ¡¿Qué rayos cambió?! —sus dedos temblaban mientras aún me sostenía.
—Todo cambió, Zachariel. Tú solo no quisiste verlo. Verme a mi.
—¡Siempre nos reímos de él juntos! ¡Siempre! ¡Era parte de nosotros! ¡Y de repente decides ya no hacerlo?! ¡Eres un hipócrita!
—Y tú sigues siendo un niño aferrado a sus delirios. Yo... yo ya no soy el mismo. Y tú tampoco deberías serlo.
Le quité las manos con suavidad, pero firmeza.
—Me niego a acostumbrarme a esta versión tuya... —murmuró.
—Entonces fue un gusto haberte conocido, Zachariel.
No lo volví a mirar. Si lo hacía, tal vez flaquearía.
Tal vez vería a mi antiguo mejor amigo, al ángel que se aferraba a mí como si yo fuera su única luz.
Pero ya no podía cargar con él.
No cuando alguien más, alguien con una luz tan tenue pero perseverante, estaba intentando brillar por sí solo en mi vida.
Horas después, en lo más alto de Araboth
El viento golpeaba fuerte, agitando mis ropas y mis pensamientos. Uriel estaba de pie en uno de los balcones del Castillo General, observando el atardecer.
No me había notado, y por un segundo dudé si debía acercarme.
Pero lo hice.
—Hermoso lugar para pensar —dije con voz neutral, casi indiferente.
Se giró, sorprendido.
—¿Ha-Haehl?
—No esperaba encontrarte aquí solo.
—Yo tampoco te esperaba —bajó la mirada.
Había algo en su expresión... ¿culpa?
—¿Puedo... quedarme?
Asintió.
Nos quedamos un rato en silencio. Observando el horizonte.
—¿Te peleaste con alguien? —preguntó de pronto.
Me sorprendió que lo notara.
—Sí —respondí, sin detalles. Él no preguntó más.
—Lo lamento —dijo en voz baja—. A veces, yo también siento que pierdo más de lo que gano. Que la gente que me rodea se aleja. Que soy... el problema.
Sus palabras me atravesaron. Como cuchillas.
Era como si estuviera leyendo dentro de mí.
—No eres el problema, Uriel. Eres... una constante.
Él alzó la cabeza, confuso.
—Una constante que se mantiene, incluso cuando todos a su alrededor se desmoronan. Eso... eso es admirable.
Uriel abrió los ojos con sorpresa, como si no creyera lo que escuchaba.
—Jamás creí que tú... —vaciló— tú me admiraras.
—No lo creas —dije, esbozando una media sonrisa—. Te respeto. Que no es lo mismo, pero en este caso, vale más.
#265 en Ciencia ficción
#2261 en Otros
angelesydemonios, angeles caidos, romance odio pasión intencidad drama
Editado: 04.01.2026