Inefable

➢ Capítulo 3 ➢

Puedo volver en el tiempo con recuerdos atormentándome en cualquier momento de mis días, pero no a cambiar las cosas. No es justo.

Marilyn Harper (Inefable). 

3

|MARILYN HARPER|

Nada se compara con lo relajada que me siento en estos momentos. Nada.

Volver de un día de clases, tumbarme en mi cama con mis audífonos reproduciendo la música de una mis playlist, mientras mi mirada está fija en el techo sin ningún pensamiento en mi mente…, es lo más relajante que me he sentido.

Y por supuesto, hasta que vi su sonrisa se terminó el momento.

Detuve la reproducción de la canción.

—¿Podemos hablar un momento? —Preguntó la señora Harper sentándose sobre uno de los bordes de mi cama, me levanté quedando frente a ella. Retiré los audífonos de mis orejas.

—Ujum.

—Hablé con la directora —menciona jugando con sus manos sobre su regazo, nerviosa. La observo sin emoción alguna, no sé porque la directora sería tema de conversación entre nosotras—. Y por medio de ella, pude reservar una cita, dentro de un par de horas, con la psicóloga del Instituto.

—¿¡Qué!? —La exaltación golpeó a mis cinco sentidos en el momento—. ¡No!

—Escucha, se te hará bien…—

La interrumpí.

—¡NO! ¡SABES QUÉ NO PUEDO!

Intenté no gritar, juro que lo intenté, pero está fuera de mí controlarme cuándo me siento vulnerable o furiosa.

Me levanté de la cama, y comencé a repetir el mismo ciclo cada vez que mi mente y mis sentidos están fuera de mi control. Primero, caminar en círculos de un lado a otro.

Yo, yo no puedo tolerar la idea de visitar a una psicóloga, no después de lo que pasó.

«Un error no se comete dos veces». Sí, pero yo cometí el error una vez, uno que no planeo repetir. Lo hice por querer confiar. Por mantener la esperanza en qué sanaría, en qué curar mis heridas podría hacerme una mejor persona.

Por eso no cometeré el mismo error, el ir con una psicóloga por segunda vez…, ni siquiera logro tolerar la idea de.

—Cariño, sé que es difícil…—

—¡No! —Dije en voz alta, deteniéndola—. No me digas que sabes qué es difícil, porqué eso no aporta ni quita nada. ¡Nada!

—Marilyn…—

—Quiero estar sola —pedí en un suave hilo de voz, buscando balance mental antes de descontrolarme—, por favor, quiero estar sola.

La señora Harper me observa con una mirada triste, una llena de impotencia también, y aunque quiera recibir, aceptar su ayuda…, no puedo. Y no es porqué no quiera, creo que es…, ni siquiera sé cómo expresar en palabras este sentimiento de imposibilidad por ayudarme a mí misma.

—Dejaré esto por aquí —dijo dejando un volante sobre mi cama. Ella se levanta y con una tortuosa lentitud camina a la puerta. Se detiene frente a está, cómo si esperará a que yo cambiará de opinión o dijera algo. Un par de segundos fue lo que necesitó para retirarse del todo.

Volví a tirarme sobre mi cama, tomé mi celular y está vez no fue para volver a seguir escuchando música. Abrí “Notas” y comencé a desahogarme en letras, mi terapia gratis.

Estoy llegando al punto en el que no soporto la idea de tener que hablar con alguien “profesional” para poder “mejorar”. Si no lo hice la primera vez, ¿por qué funcionaría está segunda?

La primera vez que lo intenté fue semanas después de mi cumpleaños, ¿lo qué obtuve de aquellas sesiones? Nada. Fueron 3 meses de dar lo mejor de mí, de intentar lo mejor que pueda mientras desgastaba mi potencial, porqué nunca obtuve ningún avance. Ninguno.

Guardó la nota y continúo escuchando música. Esta vez, triste porque esa es mi manera de sobrellevar la tristeza.

Otro deja vu. Cada vez que visitaba su tumba, en las noches oscuras del cementerio, siempre susurraba:

«Quisiera regresar y cuidarte como se suponía que lo debía hacer desde un principio».

Y después seguía llorando.

Puedo volver en el tiempo con recuerdos atormentándome en cualquier momento de mis días, pero no a cambiar las cosas. No es justo.

—Demonios…—susurré molesta cuándo sentí mi celular vibrar entre las sábanas porqué, otra vez, me quedé dormida escuchando música.

Encontré el celular y con mi cerebro aún despertando, deslicé para contestar:

—¿Sí?

—¿Estabas dormida? —Pregunta desconcertado el señor Harper del otro lado.

—No, ¿cómo crees? —Paso la mano sobre mi cabello—. Estaba en el baño.

—Oh, lo siento, quería pedirte un favor.

Rodé los ojos.

—¿Cuál?

—¿Puedes sacar a pasear a Mandy?

Mandy es nuestra mascota, mi perrita, la única cosa en este mundo que me da amor y a la que le doy sin lastimarme.

Yo la saco a pasear fines de semana y mi padre días de semana, después que vuelve de la oficina.

—No creo que logre llegar antes de que el sol se haya ido —dice—, ¿puedes o estás ocupada? Sí, estás ocupada no hay problema, puedes…—

—Sí puedo —dije antes que continuará—, la sacaré a pasear.

—Gracias.

—Ujum —dije y colgué.


El sol ya se está poniendo en el horizonte, observo a mi alrededor a parejas dándose cariño en las bancas, a chicos jugando baloncesto o fútbol en las canchas aledañas al parque y a los cuidadores regando o hablando con las personas.




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