Inercia Fría

Prólogo

El frío de la pista siempre me había parecido un lenguaje que solo yo sabía hablar, pero hoy, cada centímetro de hielo se sentía como una despedida silenciosa. Sentía cómo las gotas de sudor frío trazaban un camino errante sobre mi mejilla, naciendo en la sien y muriendo en el borde de mi mandíbula, mientras mi respiración se volvía un hilo delgado. Mi voz, sepultada bajo el peso de la coreografía, se sentía agotada, un grito mudo que ya no tenía fuerzas para reclamar el aire que mis pulmones suplicaban.

Sin embargo, mi cuerpo operaba en un plano distinto. Mis piernas se movían de forma sincronizada, autómatas bajo el mando de una memoria que parecía haber olvidado cómo detenerse. Arriba, las luces me abrasaban con una intensidad violenta, una blancura cegadora que me envolvía en un calor ficticio mientras el suelo intentaba congelarme los huesos. Me encantaba esa exposición, la fragilidad de sentir cómo las personas me miraban, suspendidas en un vacío donde solo existía mi silueta contra el blanco infinito.

De pronto, el mundo se detuvo. Al elevarme en un salto con vueltas, el tiempo se estiró como un chicle. Escuché un grito ahogado que rasgó el aire gélido, ese sonido de asombro que ocurre cuando la gravedad parece rendirse ante alguien. No hubo caída; el aterrizaje fue un suspiro, un roce tan firme y a la vez tan leve que apenas dejó huella en el cristal. Entre el zumbido de mis propios latidos, me llegaron los susurros de las gradas, palabras que flotaban como vaho en el invierno:

—Mírala... es como una gota. Se desliza con una suavidad que te relaja.

Me dolió que me llamaran gota. Nadie entendía que, para ser tan fluida frente a ellos, primero había tenido que romperme en mil pedazos. No veían que mi transparencia no era paz, sino el vacío de quien se está desvaneciendo. Soy una gota que recorre el cristal de esta pista, avanzando sin rumbo, esperando el momento en que la música se detenga y yo, simplemente, me disuelva en la nada.

Mientras mis brazos se extendían para la última figura, un pensamiento me golpeó con la misma frialdad que el hielo bajo mis pies: ¿Qué quedaría de mí si dejara de deslizarme? Si esta gota se detuviera, si permitiera que la inercia me abandonara, temía que no hubiera nada debajo de este traje de lentejuelas. Era una intrusa en mi propio cuerpo, una espectadora de mi propia perfección técnica. La música empezó a desvanecerse, un violín que lloraba sus últimas notas, y por un segundo, quise que no terminara nunca para no tener que enfrentarme al silencio.

Pero la última nota llegó, seca y definitiva.

Me quedé inmóvil, sosteniendo la pose con los dedos rozando el aire gélido y la barbilla en alto, fingiendo un orgullo que no sentía. En ese instante, el mundo se detuvo. El rugido de los aplausos comenzó a crecer, pero para mí era un ruido lejano, como el mar golpeando una cueva vacía. Mis pulmones ardían, subiendo y bajando en un ritmo errático mientras intentaba recuperar el aire que la pista me había robado.

El sudor, ahora mezclado con el vaho de mi respiración, seguía su curso lento. Ya no era una atleta, ni una competidora, ni siquiera una pluma. Era solo Elaine, una gota solitaria en medio de un océano de luces blancas, esperando que alguien viera, detrás de la técnica perfecta, el rastro de tristeza que dejaba mi cuchilla sobre el cristal.

¿Creo que este fue el último momento en que sentí estas emociones?¿Cuándo lo dejé?No hubo una caída estrepitosa, ni una lesión que me sacara de la pista; fue algo más lento, más cruel. Fue como el sudor que ahora se enfriaba en mi nuca: una despedida gota a gota.



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En el texto hay: humor, deportista, universidad adolescencia amor

Editado: 19.03.2026

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