La medianoche se sentía como una cuenta regresiva. Estaba echado en mi cama, mirando el techo mientras el silencio de mi habitación intentaba decirme algo que no quería escuchar. No deseaba salir. Por primera vez en mi carrera en Willecove, una de las universidades más prestigiosas del país, el aire se sentía pesado. Faltaban dos semanas para que el estrés de los partidos nos cayera encima como una tonelada de ladrillos, y aunque normalmente el miedo no era parte de mi vocabulario, hoy me arrastraba una sombra: ¿Seguiría siendo el único prodigio cuando las luces se encendieran?
Nací para esto. El baloncesto era mi reino, pero la administración de empresas era mi condena, el tributo que debía pagarle a mis padres por el apellido que portaba.
Escuché pasos subiendo hacia mi cuarto. Me puse de pie de un salto, ocultando cualquier rastro de duda mientras me terminaba de ajustar la casaca de cuero.
—¡Miller, venga ya! Te vas a perder de todo, apúrate —gritó Lukas desde el pasillo.
Lukas, el escolta de nuestro equipo, los Golden Willecove, siempre era el primero en encender la mecha.
—Ya voy, Lukas —respondí, forzando esa sonrisa de suficiencia que todos esperaban de mí.
Al salir, el ambiente cambió de golpe. La casa era un caos de música retumbante, cuerpos saltando y el olor penetrante del alcohol. Estudiantes de todos los años celebraban como si no hubiera un mañana. Ignoré la presión en mi pecho y me dejé envolver por el ruido. Divisé a una rubia que me sonreía desde la barra; sus ojos brillaban con esa mezcla de admiración y deseo que ya me conocía de memoria.
Cuando la atraje hacia mí, sintiendo su cintura bajo mi mano, dejé que sus halagos me bañaran como una lluvia conocida. "Eres un tirador fabuloso", decía, y aunque lo había escuchado un millón de veces, mi ego se alimentaba de ello. Me encantaba que me miraran como a un dios, pero hoy, el ruido interno era más fuerte que su voz.
—Dame un momento —le solté, zafándome de su agarre para buscar un poco de aire.
No fui al baño. Caminé hacia la piscina, donde las parejas se devoraban en las sombras, ajenas a todo. Yo solo quería silencio, pero la preocupación por ser el mejor seguía ahí, atormentándome como un zumbido. De pronto, un brazo pesado cayó sobre mis hombros.
—Creo que estás muy distraído, ¿qué ha pasado? —La voz de Lukas me devolvió a la realidad.
Él era mi igual: cabello oscuro, ojos profundos y ese talento que lo convertía en mi aliado en la cancha, pero en mi rival fuera de ella. No podía mostrarle mi grieta. En este mundo, si sangras, te muerden.
—Es que la rubia de hace rato no me dejaba respirar —mentí con una media sonrisa.
Lukas soltó una carcajada y se alejó hacia el tumulto, gritando que debería aprovechar mi suerte. Pero yo ya estaba harto de la bulla. Busqué refugio en el único lugar donde sabía que nadie me molestaría: mi cochera.
Sin embargo, al llegar, me detuve en seco. Apoyada contra mi auto, había una chica dormitando. No era como las demás. Era trigueña, de una belleza que al principio me pareció común, pero que me obligó a no apartar la mirada. Su nariz era pequeña y respingada; sus labios tenían una calma que me hipnotizó. Me quedé observándola más tiempo del debido, recorriendo sus pestañas negras y largas, que hacían juego con su cabello lacio y esas puntas onduladas que caían sobre sus hombros.
Ahí, en la penumbra de la cochera, el ruido de la fiesta desapareció. Ella era el silencio que yo estaba buscando, aunque todavía no sabía quien era exactamente.
Me permití un segundo de ese instinto básico que siempre me dominaba. Bajé la vista y recorrí el vestido corto azul marino que se ajustaba a sus curvas con una precisión peligrosa. No era una chica de pasarela, pero su complexión media, esa mezcla exacta de firmeza y suavidad, me dejó sin palabras. Sus piernas... maldita sea, si la hubiera visto antes en la fiesta, no la habría dejado escapar. Esas piernas me volverían loco en cualquier otra circunstancia.
Pero el juego se acabó antes de empezar.
Cuando intenté devolver la vista a su rostro para lanzarle alguna frase ensayada, me di de lleno con sus ojos marrones. Eran demasiado claros, casi dorados bajo la luz tenue de la cochera, y me miraban con una consternación que me hizo sentir, por primera vez en la noche, fuera de lugar. No había rastro de la admiración que recibía de la rubia de hace rato; solo había una pregunta muda y un muro de reserva.
Aparté la mirada de golpe, sintiendo un pinchazo de incomodidad. Seguro pensaría que era un maldito acosador o uno más de los idiotas borrachos de la planta noble. Yo, el gran James Miller, el prodigio de Willecove, me sentí pequeño bajo el escrutinio de una chica que parecía querer estar en cualquier lugar menos cerca de mí.
—Ese.. —mascullé, aunque no era lo mío pedir algo amable —. Es mi auto.
Forcé mi postura de "estrella del equipo", esa que practicaba frente al espejo, y le devolví la mirada con mi sonrisa de oreja a oreja. No iba a permitir que esta aparecida me catalogara como un acosador de pacotilla. Esperaba un sonrojo, una risita, cualquier señal de rendición... pero ella simplemente se giró sin decir nada.
Me quedé con la palabra en la boca, estupefacto.
—¿En serio? —solté, casi por reflejo, herido en mi orgullo de capitán.
Se giró apenas un milímetro, lo justo para fulminarme con una indiferencia que quemaba más que el hielo.
—Ahí está tu auto. No fastidies —soltó, y su tono despectivo me dio de lleno en el pecho.
Me desconcertó. Nadie en Willecove me hablaba así. Decidí acortar la distancia, invadiendo su espacio personal con ese paso de seguridad que usaba en la cancha, y bajé la voz hasta convertirla en un susurro cargado de intención:
—Seguro no sabes quién soy, ¿no? Debes ser nueva.
Esta vez sí me miró. Me sostuvo la vista con esos ojos marrones claros que parecían leer mis inseguridades mejor que mis estadísticas de juego. Una pequeña sonrisa, casi burlona, asomó en sus labios. Eso estaba mejor; ahora sí estábamos jugando.