Elaine
Siempre me ha incomodado, de una forma un tanto masoquista, cómo las personas se exponen en las reuniones sociales. Sus ropas son declaraciones de intenciones; muestran cómo piensan y cómo actúan en un ecosistema de sudor y choques. Nadie se molesta en preguntar si el otro está bien tras un empujón; solo existe el ruido innecesario, los gritos que intentan superar el volumen de una música que ya es demasiado alta.
¿Por qué diablos acepté venir?, me pregunté por décima vez.
Bella tenía ese don. Mi mejor amiga, una futura diseñadora de modas de la facultad, era el vivo retrato de su nombre: pelirroja, con una salpicadura de pecas que adornaba su rostro y unos ojos marrones que siempre buscaban la perfección en el maquillaje y las telas. Ella era todo color; yo era el gris que recompensar, en mi primer año de medicina en Willecove.
—Solo una hora, Elaine. Nuevos comienzos, ¿recuerdas? —me había dicho.
Pero la "hora" se había convertido en una eternidad y Bella me había dejado sola, perdida en su propio entusiasmo. Decidí que ya había tenido suficiente "socialización" por una noche. Busqué el lugar más aislado que pude encontrar: la cochera. El concreto frío y el olor a gasolina eran preferibles al caos de la casa. Me apoyé contra un auto negro, saqué mi celular, donde tenia un libro digital y, mientras esperaba un mensaje de Bella, el agotamiento acumulado de las clases me ganó.
Me desperté de golpe, no por un ruido, sino por una presencia.
Al abrir los ojos, me encontré de lleno con una mirada verde, intensa y terriblemente dominante. Un desconocido me observaba fijamente, con una mezcla de curiosidad y algo que solo podía describir como "derecho de propiedad". Me sentí profundamente incómoda. Él estaba allí, analizándome como si fuera un trofeo o un enigma por resolver.
—Ahí está tu auto. No fastidies —le solté, intentando que mi voz sonara lo más cortante posible para ocultar el rastro de sueño.
Él no se movió. Al contrario, se acercó con un susurro ensayado, ese tono de quien está acostumbrado a que las puertas se le abran solas. "Seguro no sabes quién soy", dijo. Pobre idiota. No necesitaba saber su nombre para diagnosticarlo; su postura, su sonrisa de "engreido" y la forma en que invadía mi espacio lo decían todo.
—Eres el idiota con su auto negro —sentencié antes de darle la espalda.
Caminé hacia la salida, sintiendo su mirada clavada en mi nuca. Justo al cruzar el umbral, un brazo me jaló. Era Bella.
—¡Te estaba buscando! —exclamó, sonriendo con una energía que yo ya no poseía—. ¿Todo bien?
La miré y forcé una pequeña sonrisa. Bella estaba enganchada del brazo de un tipo muy alto, claramente su tipo.
—Todo bien, Bella. Solo... demasiado ruido —respondí, echando una última mirada hacia la penumbra de la cochera, donde el chico de los ojos verdes seguía parado, procesando que, por primera vez, alguien le había dicho que no.
—Mucho gusto, mi nombre es Lukas —dijo el chico, extendiendo la mano con una confianza que llenaba todo el pasillo.
Bella me lanzó una mirada cómplice, con esa sonrisa que gritaba que pensaba quedarse cerca de él por el resto de la noche. No me entusiasmaba la idea de ser el "sujeta velas", pero por ella, decidí aguantar un poco más.
—Mucho gusto, soy Elaine —respondí, estrechando su mano con cortesía.
Lukas asintió con una energía desbordante. De repente, se giró hacia la multitud y soltó un grito que hizo vibrar las paredes: "¡Que siga hasta mañana!". Me sorprendió su actitud; era un tipo imponente, de una presencia física innegable, pero con una veta divertida y sociable que relajaba el ambiente.
Los acompañé hacia la cocina, esquivando cuerpos y vasos rojos. Mi mente seguía en lo que haria al regresar probablemente seria estudiar o descansar , hasta que la voz de Lukas me trajo de vuelta
—¿En qué facultad estás? —preguntó, mirándome con curiosidad genuina.
—Medicina humana —respondí con seriedad—. ¿Y tú?
—Economía —dijo él— Pero tambien estoy en el equipo de baloncesto.
Me pregunté si él también sería parte de ese mundo de prodigios universitarios que se creen dueños de la ciudad. Pense por un momento que seguro el chico de los ojos verdes que ahora mismo debía de estar maldiciendo mi nombre en la cochera.
Eran pasadas las dos de la mañana cuando el cansancio empezó a ganarle la batalla a la adrenalina de la fiesta. Busqué a Bella con la mirada y la encontré todavía riendo de manera coqueta con Lukas. Se veían bien juntos: él con su energía desbordante y ella con esa chispa perfeccionista que siempre atraía las miradas. Me acerqué con cuidado, sintiéndome un poco incomoda .
—Bella, tenemos que irnos —le susurré—. Mañana es el último día antes de clases y el departamento todavía es un caos de cajas.
Bella hizo un pequeño puchero, pero asintió. Se despidió de Lukas con una lentitud deliberada, y él, siempre el caballero sociable, nos acompañó hasta la salida.
—¿Seguras que no quieren que las lleve? —preguntó Lukas, mirando el taxi que acababa de llegar.
—Estamos bien, gracias —respondió Bella, pero antes de subir, le entregó un papel con su número y se alejó riendo, subiéndose al auto con una agilidad que delataba lo mucho que le había gustado el chico.
Ya dentro del taxi, mientras las luces de la ciudad pasaban como ráfagas borrosas por la ventana, Bella se giró hacia mí, todavía con el brillo del coqueteo en los ojos.
—¿Y bien? ¿Te gustó venir o vas a decirme que fue una tortura? —me preguntó con curiosidad.
Me quedé pensando un momento. Recordé el frío de la cochera, los ojos verdes dominantes de aquel idiota del auto negro y la extraña amabilidad de Lukas. Por primera vez en mucho tiempo, el ruido no me había asfixiado del todo.
—No fue tan malo —respondí con sinceridad.
Bella sonrió, satisfecha, y se apoyó en mi hombro. El taxi avanzaba hacia nuestro nuevo comienzo en Willecove, dejando atrás la fiesta, pero yo no podía sacarme de la cabeza que, de alguna manera, acababa de abrir una puerta que ya no podría cerrar.