Inercia Fría

Territorio Enemigo

James

Lo único que hice durante toda la noche fue cuidar de ella. Estaba dopada, completamente fuera de sí; el idiota de Leonel se había asegurado de que se bebiera hasta la última gota de ese veneno metálico. La saqué de la fiesta con el pulso acelerado por la rabia, pidiéndole a Lukas que me cubriera con Bella. No podía permitir que ella se enterara de los detalles; armaría un escándalo que solo expondría más a la chica, y lo último que necesitaba el apellido Miller era otro titular en los periódicos.

La observé mientras la subía al auto, sintiendo una punzada de impotencia. Decidí llevarla a mi habitación en la mansión, el único lugar donde podía controlar quién entraba y quién salía. Crucé el vestíbulo en silencio, esperando no encontrarme con la sombra de mi padre, hasta que una voz familiar me detuvo en seco.

—¿James? ¿Qué estás haciendo?

Era Arthur. El hombre que me había cuidado como a un hijo, mi verdadero padre en todo lo que importaba, aunque no compartiéramos una gota de sangre. Le debo más a su lealtad que al imperio de los Miller.

—Un idiota dopó a esta chica —le solté, tratando de recuperar el aliento—. Solo la estoy ayudando.

Arthur me escudriñó con esa mirada sabia que parece leerte el alma. No hizo preguntas innecesarias; simplemente asintió y se encargó de vigilar los pasillos para que mis padres no notaran absolutamente nada.

Una vez en mi habitación, busqué algo cómodo para ella. Saqué una de mis sudaderas negras, esa que tiene el logo del barco en la espalda, el mismo diseño que llevo tatuado en la parte baja de mi columna. Se la coloqué con cuidado, tratando de no invadir su espacio más de lo necesario.

Me senté en la silla frente a la cama, decidido a no cerrar los ojos, pero el agotamiento me venció. En mis sueños, solo veía sus ojos... esa mirada de Brook que me perseguía. Me preguntaba cómo sería su vida si las cosas fueran distintas, si aún fuera ese prodigio que todos esperaban. Me quedé dormido observándola, envuelto en el silencio de una noche que casi termina en tragedia.

Abrí los ojos con una pesadez insoportable; dormir en esa silla de madera no había sido la mejor idea para mi espalda, pero no podía dejarla sola. Me estiré, soltando un gruñido sordo, y la miré: seguía sumida en un sueño profundo, ajena al caos de la noche anterior. Aproveché el silencio para darme una ducha rápida y despejarme la mente.

El agua caliente apenas lograba quitarme la tensión del cuerpo. Al terminar, me envolví en una toalla a la cintura y, justo cuando iba a salir, escuché murmullos. Ya se había despertado.

Abrí la puerta del baño dispuesto a explicarle todo, pero no tuve tiempo ni de abrir la boca. Una almohada impactó de lleno en mi cara, dejándome descolocado.

—¡¿Es en serio?! ¡¿Qué te pasa?! —le grité, apartando el cojín.
—¡Tú eres el que está ahí parado como un pervertido! —me espetó ella, con la cara encendida de rabia y confusión.

Bajé la mirada y maldije para mis adentros. La toalla apenas cubría lo necesario y dejaba a la vista mis tatuajes y cada centímetro de piel. Ella no perdió el tiempo: me lanzó un libro que esquivé por poco y agarró la lámpara de la mesa de noche como si fuera un arma de guerra.

—¡Eres un pervertido! ¡¿A dónde me has traído?!
—Te lo explico, pero por favor, baja esa lámpara —le pedí, levantando las manos en señal de paz.

Me lanzó una mirada amenazante y se arrinconó en la esquina más lejana de la habitación, observándome como si fuera un criminal. Fui directo al armario, agarré un polo negro y unos pantalones, y me encerré de nuevo en el baño para cambiarme a toda prisa.

Cuando salí, ya vestido, ella seguía empuñando la lámpara. El miedo en sus ojos me dolió más de lo que quería admitir.

—¿Te acuerdas de algo de lo que pasó ayer? —le pregunté con voz suave, tratando de que bajara la guardia.

Vi cómo sus ojos se movían con rapidez, buscando en sus recuerdos. La furia desapareció de golpe, siendo sustituida por una palidez mortal. Se quedó estática, con la mano aún en la lámpara pero sin fuerzas para sostenerla. Lo había recordado todo: la bebida amarga, a Leonel, el pasillo oscuro... y el momento en que su mundo casi se desmorona.

La lámpara cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Elaine soltó el aire que contenía y se quedó ahí, marchitándose frente a mis ojos. Estaba demasiado pálida, como si la sangre se le hubiera congelado en las venas. Me acerqué con cautela, rompiendo esa distancia que ella misma había marcado, y la tomé del brazo con suavidad para guiarla de nuevo a la cama.

Se dejó llevar, sin fuerzas para pelear. Quise decirle algo para calmarla, pero ella fue más rápida.

—¿Cómo me encontraste? —soltó de golpe, con la voz rota.

Me senté frente a ella y puse mis manos sobre sus rodillas. Estaba temblando, estaba muy fría que parecía no tener fin. Suspiré, tratando de ordenar las palabras para no asustarla más.

—Leonel me llamó —confesé, mirándola a los ojos—. Ese imbécil me llamó para decirme que te tenía, que no debía meterme con él y que dejara de interrumpir sus planes. Solo bastó que dijera eso... fue su estúpida obsesión con la fama, con demostrar que puede quitarme lo que quiera.

Apreté un poco el agarre, sintiendo su fragilidad.

—Salí corriendo a buscarlo, tratando de averiguar dónde te había metido, hasta que supe que estabas en una de las habitaciones del segundo piso. Cuando llegué y vi lo que estaba pasando... simplemente perdí la cabeza. Solo quería sacarte de allí.

Elaine me miró en silencio, procesando que había sido una pieza en el juego sucio de Leonel contra mí. El miedo en su rostro se transformó en algo más profundo: la realización de que su "amigo" nunca fue lo que ella pensaba.

Elaine rompió a llorar, un sollozo ahogado que me dio un vuelco en el corazón. Me apartó las manos con brusquedad, como si mi contacto le recordara lo equivocada que había estado.



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En el texto hay: humor, deportista, universidad adolescencia amor

Editado: 08.04.2026

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