Anika.
Recuerdo el gran y opulento dormitorio –tu dormitorio– debía ser un santuario silencioso para un hombre poderoso. Esa noche se sentía como una jaula dorada. Las sábanas de seda caras, las pesadas cortinas de terciopelo, el suave resplandor del candelabro, todo parecía burlarse de la tensión que crepitaba entre nosotros.
Mi corazón martillaba como un pájaro atrapado contra mis costillas, su ritmo frenético haciendo eco en el silencio opresivo.
Estabas parado al otro lado de la habitación, un enigma envuelto en sombras. Y luego te moviste, lenta, deliberadamente, hasta que estuviste a solo un aliento de distancia, sentándote al borde de la vasta cama junto a mí.
–Se que esto es… poco familiar –Murmuraste. Tu voz una corriente baja y constante en el mar de mi miedo. Tu mirada se suavizó llegando a la cruda vulnerabilidad de mi alma.
–Dime, Anika, ¿qué es lo que más te asusta en este momento?
−Cómo…terminamos así? –Solté un suspiro que llevaba demasiado tiempo contenido.
La pregunta quedó suspendida en el aire denso, cargada con la amargura de un destino que nunca habíamos elegido. No apartaste la mirada. Por un instante, esos ojos avellana, esa expresión, cambió…pero no supe exactamente qué.
–Porque nuestros padres decidieron que sería una alianza estratégica.
Apreté los dedos contra la tela de la cama, intentando mantener algo de control.
–No esperes romanticismo de mí. –Añadiste con esa voz que tenía ese filo de franqueza que te caracterizaba–. Este matrimonio no fue mi elección más que la tuya. Pero ahora estamos aquí.
–Lo sé… no te preocupes, no espero nada de ti…–te respondí.
–Bien –dijiste con un tono más relajado, aunque aún mantenías esa fachada de control–. Al menos eso lo tenemos claro. No hay expectativas falsas entre nosotros.
Otra pausa. Más larga esta vez.
–Mi vida es...complicada. –Admitiste después.
–La mía también lo es.
–Cuéntame –dijiste, tu voz bajando a un registro más íntimo–. No tienes que darme detalles si no quieres, pero…¿qué te hace decir eso? Quizás...quizás podríamos empezar por conocernos mejor–. Propusiste con cautela.
–No es necesario.
Aceptaste mi respuesta con un asentimiento lento, respetando mi límite. No eras un hombre que presionara a la fuerza.
–Entendido. –Añadiste simplemente–. Entonces no insistiré. Respetaré tu privacidad. Pero quiero que sepas que no voy a juzgarte, lo que sea que hayas dejado atrás, queda fuera de estas paredes. Aquí dentro, solo somos dos personas obligadas a compartir una cama.