Henry.
–¿De verdad piensas eso?, ¿qué merezco ser feliz?
–Nadie me ha dicho algo así nunca. –Admití con la honestidad–. Todos quieren algo de mí, poder, conexiones, mi apellido. Pero tú...
–No eres una mala persona, eso creo. Claro que mereces ser feliz. Todas las personas buenas lo merecen. -Cuando dijiste lo último pude notar en tus ojos y tu voz que lo mencionaste con todo el dolor que yo no conocía…que no me permitirías conocer, no mientras no me ganara ese derecho.
–Nadie me ha mirado nunca así, una persona normal que merece ser feliz, no como un activo o una herramienta.
–Tal vez porque ha sido igual para mí, la perfecta heredera Katsar. Nadie piensa en nosotros más allá de nuestro apellido y dinero –Sentenciaste con la verdad.
–Eres la hija modelo, siempre cumpliendo las expectativas, según lo que dicen todos –mi tono cambió a uno más empático–. Así que ambos estamos atrapados en vidas que nos construyeron otros. Yo el director ejecutivo brillante y frío, tú la heredera perfecta.
–Exactamente. –Suspiraste.
–Quizás esta farsa pueda convertirse en algo real después de todo –sugerí con una sonrisa irónica, como si lo que acabé de decir no me lo creyera yo mismo.
–No es necesario, pero al menos ser amigos sí…eso creo.
Me diste otra sonrisa tan cálida que no entendí como es que esa niña de hermosos ojos verdosos, que habían parecido tan fríos y distantes durante la boda, ahora brillaban con una luz que desarmaba todas mis defensas cuidadosamente construidas y me atrapaban en un abrasador calor, que nunca en la vida había conocido, ni siquiera con Emily, ¿cómo me di cuenta?, tampoco lo sé, solo lo sentí.
Me se quedé momentáneamente sin palabras, mi mente empresarial tratando de procesar esta nueva variable en el contrato que acabamos de firmar. Una sonrisa genuina, casi involuntaria, comenzó a formarse en mis labios.
–Amigos. –Repetí, probando la palabra como si fuera un sabor raro en mi boca–. Supongo que puedo trabajar con eso.
–Creí que sería más difícil. Que eras un hombre incomprensible y que me trataría muy mal por arruinar su vida –admitiste.
–¿Yo? ¿Incomprensible? –dije con una sonrisa–. Soy un libro abierto comparado con la mayoría de la gente en mi círculo, al menos yo te digo cuando estoy molesto.
–Tu círculo dice que ni siquiera necesitas decirlo, con solo verte se sabe.
–Cierto –contesté–. Y no has arruinado mi vida, Anika, ninguno eligió esto.