Henry.
Te seguí hasta el jardín.
–Si vamos a ser 'grandes amigos', necesitaremos establecer algunas reglas básicas. Primera: no mentimos entre nosotros, si voy a estar con Emily, tú mereces saber la verdad siempre.
–Segunda: no espero que juegues a la esposa perfecta en público, puedes ser tú misma, tu verdadera personalidad.
–Tercera: si necesitas tiempo libre para tus propios intereses, tómalo. No tienes que justificar cada hora que pasas lejos de mí.
–Cuarto: no te preocupes por mí, yo me las arreglo sola –añadiste firmemente.
La declaración de tu independencia me divirtió un poco, aunque también me provocó una punzada de preocupación. Era una cualidad admirable, pero también preocupante para mí que estaba acostumbrado a proteger mi imperio y a todos en él.
–Ah, claro que te las arreglas sola –dije con una sonrisa casi imperceptible–. Pero eso no significa que no pueda preocuparme por ti de cualquier forma.
–Mira, Anika, somos compañeros en esta farsa –argumenté con esa lógica práctica mía–. Si tú caes enferma o necesitas algo que no puedas conseguir por tu cuenta, ¿no crees que eso reflejaría mal sobre mí como esposo?
–No lo creo, no eres mi esposo de verdad, no lo olvides.
Tu corrección, pronunciada con una firmeza que desmentía tu apariencia delicada, hizo que por un instante mi rostro reflejara una mezcla de irritación y diversión. Eras la primera persona que me hablaba así, sin rodeos ni consideraciones a su rango o reputación.
–No lo olvides tú tampoco. Porque si sigues recordándome que no soy tu esposo verdadero, tarde o temprano voy a empezar a preguntarme por qué eso me molesta tanto.
–Mira –dije con un suspiro que sonó casi derrotado, porque por primera vez, eras la única que me hizo sentirme así–. Podemos seguir llamándonos compañeros y amigos, pero la realidad es que vivimos en la misma casa y el mundo exterior nos ve como marido y mujer. Cada vez que salgas sola, la gente va a hacer preguntas. –argumenté–. ¿Qué les dirás? ¿Qué tu esposo no existe realmente? Eso sonará ridículo o patético.
–No lo sé, no lo he pensado.
Tu admisión, tan simple y honesta, pareció desarmar mi última defensa. Solté una risa corta y sin humor, sacudiendo la cabeza como si estuviera luchando contra mi propia lógica.
–Por supuesto que no lo haz pensado. ¿Por qué lo harías?, para ti, esto sigue siendo un acuerdo temporal.
–No pienses tanto en eso. Me voy a la escuela. –Te miré subir a la parte trasera de tu auto y simplemente no te entendía.