Anika.
No recuerdo en qué momento exacto me quedé dormida. Tal vez fue después de recorrer la habitación una y otra vez, como si al hacerlo pudiera encontrar algo que se sintiera mío.
No lo había. Nada lo era. Ni ese lugar. Ni esa vida. Ni tú.
Todo había pasado demasiado rápido, un acuerdo, un matrimonio, una nueva casa y yo…yo seguía siendo la misma. La misma que aprendió a no confiar. La misma que necesitaba una salida antes siquiera de quedarse.
Cerré los ojos un momento. Solo un momento. Pero fue suficiente, porque en cuanto me dormí…todo volvió, como cada noche.
No como un recuerdo claro. Sino como fragmentos, oscuros y rotos.
El sonido primero. Un golpe seco. Luego el movimiento brusco. La sensación de perder el control. Y después, el silencio.
Ese silencio que nunca fue paz. Quise despertar. Lo intenté. El aire no entraba bien. Mi pecho dolía. Y entonces vino lo peor, esa sensación de no estar sola, de no estar a salvo.
–No –murmuré, o al menos eso creí.
Todo se volvió más intenso, más real, más cercano. La sangre caliente resbalaba por mis mejillas.
–No…por favor… –Mi voz salió rota, apenas un susurro que no alcanzaba a detener nada.
Y entonces desperté. De golpe. El aire entrando con dificultad, el corazón desbocado, las manos temblando. No supe en que momento empecé a llorar, mucho menos cuando entraste, solo estaba pasando, sin control, sin pausa. Intenté calmarme, respirar, convencerme de que ya no estaba ahí, pero el miedo no desapareció, nunca lo hace del todo. Y esa noche, en esa casa que no sentía mía, entendí algo que no quería aceptar.
Que no importaba cuanto cambiara todo a mi alrededor…había cosas de las que todavía no podía escapar.