Henry.
No tenía intención de acercarme a tu habitación esa noche. De hecho hice todo lo contrario, me mantuve ocupado en cosas que no requerían realmente mi atención. Documentos, llamadas, cualquier cosa que justificara no pensar demasiado en lo que acababa de cambiar, en nosotros, en la distancia que marcaste con tanta claridad.
Pero había algo incómodo en el ambiente. No era un sonido, no al principio, era una sensación, difícil de explicar, como si el silencio de la casa no fuera habitual, como si algo no encajara del todo. Intenté ignorarlo. Fruncí el ceño.
Me levanté y crucé el pasillo, luego otro, solo quería agua. Un sonido se volvió más claro a medida que avanzaba a las escaleras. Más urgente, más real…entonces lo entendí.
Eras tú.
No dudé, abrí la puerta sin llamar, lo que encontré no era lo que esperaba. Estabas en la cama, completamente ajena a mi presencia. No estabas despierta, pero tampoco estabas en paz. Tu respiración era errática, tus manos se aferraban a las sábanas como si intentaras sostenerte a algo que no estaba ahí.
–Anika.
No reaccionaste. Di un paso más cerca.
–Anika.
Nada. Y entonces dijiste algo, no fue claro, pero fue suficiente.
–No… –La forma en que lo dijiste no fue un simple sueño, fue miedo, real, sin control. Me acerqué sin pensarlo más.
–Anika –repetí, esta vez más firme.
Cuando reaccionaste lo hiciste de golpe, despertaste con un movimiento brusco, como si el aire volviera a tus pulmones. Tus ojos no se enfocaron de inmediato, no me viste, no al principio, solo respirabas, rápido, desordenado y luego…lloraste. No de forma contenida, no en silencio, era un llanto real.
Por un segundo dudé. No era mi lugar. No era lo que habías permitido. No era la distancia que marcaste, pero tampoco era algo que pudiera ignorar. Me senté a tu lado.
–Estás bien –murmuré, más bajo de lo habitual–. Fue una pesadilla. Estás a salvo.
No respondiste, no parecía que pudieras, así que hice lo único que en ese momento tuvo sentido.
Te acerqué, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera empeorarlo y…te abracé.
Tu reacción fue inmediata, no te apartaste, al contrario, te aferraste, como si lo necesitaras más de lo que estabas dispuesta a admitir cuando estabas despierta.
No dijiste nada. No hacía falta. Tu respiración empezó a estabilizarse poco a poco, hasta que el temblor en tus manos disminuyó. No pregunté. No esa noche. No era el momento.
Pero mientras te sostenía, entendí algo que no había considerado antes…que esa distancia que habías impuesto…no iba a ser tan fácil de mantener, porque había partes de ti que no sabían cómo estar solas. Y de alguna forma…yo ya había decidido no dejarlas.