Anika.
Cuando mi cerebro decidió darse cuenta lo sentí, calor, estabilidad, seguridad, abrí los ojos con dificultad y te vi, demasiado cerca, demasiado real, tus brazos alrededor de mí. Tardé un segundo en procesarlo, tal vez dos, entonces recordé el miedo, el llanto, y tú, ahí.
Tragué saliva, apartándome de ti de inmediato, rompiendo esa cercañía.
–Lo siento…–murmuré, resonando mi nariz.
–¿Por qué te disculpas? –preguntaste.
–No era mi intención molestarte.
–No lo hiciste –respondiste sin pensarlo, simple, directo. Me miraste. El silencio se extendió. No sabía que estabas pensando porque no sabía que habías visto, no sabía cuánto habías entendido.
–Puedes irte. Ya estoy bien.
El silencio se volvió pesado, comenzaste a levantarte, diste un paso, dos, tres…
–Espera –la palabra salió más rápido de lo que pensé–. ¿Te puedo pedir algo?
–Claro. Dime que necesitas. Si está en mi poder dártelo, lo haré.
–Solo… –dudé una fracción de segundo y te miré–. ¿puedes quedarte aquí unos minutos? No hace falta que digas nada, solo estar aquí.
–Claro que puedo quedarme. –dijiste sin pensarlo–. No tienes que explicármelo si no quieres. Pero si alguna vez te apetece hablar de ello…estoy aquí para escuchar.
Seguiste caminando hasta rodear el otro lado de la cama. Te sentaste en la cabecera, lo único que hice fue darte la espalda y acurrucarme de nuevo entre las sábanas, hasta que me quedé dormida nuevamente.