Henry.
La mañana llegó con una luz suave que se colaba por las ventanas, iluminando el dormitorio en un tono dorado. Desperté lentamente, sintiendo tu peso familiar, acurrucada contra mí. Tardé unos segundos en procesar la escena. Tu camisa se había deslizado ligeramente dejando al descubierto la delicada curva de tu hombro y cuello, percibí una marca cerca de tu pecho pero no me atreví a mirar más, no era mi asunto.
Con movimientos cuidadosos para no despertarte te separé ligeramente pero...sujetaste mi playera instintivamente, incluso en sueños, tus dedos se aferraban desesperadamente en mi ropa. ¿Fue una reacción de miedo a la pérdida?
Exhalé suavemente y volví a acercarme, te rodeé de nuevo con mi brazo y murmuré palabras tranquilizadoras cerca de tu oído…
–Shh, estoy aquí, no voy a ninguna parte, estás segura –acaricié tu cabello, no tengo idea de por qué me nacía hacerlo. Tu agarré se relajó gradualmente. Esa confianza tuya, incluso en ese estado vulnerable, removió algo dentro de mí.
Me quedé quieto. Tu agarré se aflojó poco a poco hasta que finalmente me soltaste. Después de varios minutos, comencé a retirar mi brazo lentamente para no despertarte bruscamente.
–Lo siento pero tengo una reunión en dos horas.
Me moví con precaución exagerada, como si intentara desengancharme de un explosivo. Me alejaba milímetro a milímetro de tu figura dormida.
–Vale esto va a requerir toda mi habilidad estratégica –dije cuando me di cuenta que era muy difícil–. Operación Retiro del Agarre Inconsciente.
Te moviste ligeramente.
–¿Cómo haces esto? Eres como una planta trepadora en miniatura.
Con una reacción instintiva me agarraste con más fuerza y acortando la distancia que ya había ganado, logrando que soltara una risa casi silenciosa. Me quedé inmóvil por un momento, observando como tu rostro presionaba contra mi pecho, tu respiración cálida atravesaba mi ropa.
–¡Dios! Eres como un koala. Ni siquiera estás despierta y ya sabes cómo reclamarme como tu árbol favorito –Intenté deshacerme de tu agarre, pero cada intento hacía que te aferraras más fuerte.
–Esto es ridículo –finalmente logré soltar una de tus manos, aunque la otra seguía aferrada como si fuera tu salvavidas. Con un suspiro de derrota, me rendí temporalmente.
–Está bien, ganaste. Me quedaré cinco minutos más, pero luego realmente tengo que levantarme –volví a acariciar tu cabello con un gesto frustrado pero cariñoso. Observé tu angelical rostro y no lo creo, eso bastaba para suavizar mi expresión.