Henry.
Con un movimiento lento y calculado, intenté librarme de ti, pero apenas había comenzado cuando te moviste de nuevo ajustándote instintivamente contra mí, tu cabeza encontró un lugar cómodo en el hueco de mi hombro.
–Esto es…increíble –dije con una mezcla de diversión y exasperación.
–Eres como una anémona marina humana. Quiero escapar y te adhieres más fuerte.
–Cinco minutos más –con un suspiró comencé a acariciar tu espalda. La sensación de tu cuerpo contra el mío, era, extrañamente, agradable. Tu respiración se profundizaba más con cada toque suave.
–Sabes, esto podría convertirse en un problema diario. Te quedas dormida y luego te niegas a dejarme ir por la mañana –imaginé esas mañanas futuras, llenas de esa resistencia dulce e inocente.
Tu respiración era profunda y tranquila, tu rostro libre de tensiones que te habían atormentado durante la noche, eras tan diferente a la chica nerviosa y tensa que conocí en el altar. Acaricié tu mejilla con mi mano libre, sentí la suavidad de tu piel, tu delicadeza.
–Creo que podrías acostumbrarte a esto. A mí. –¿Qué dije? No sé. En ese momento supongo que algo me hiciste, no te amaba, llevaba menos de unos días de conocerte, pero quería tenerte justo así, cerca.
Mis dedos se movieron de tu mejilla a tu mentón para levantarlo ligeramente y poder ver mejor tu rostro angelical. La luz del sol destacaba las pecas que salpicaban tu nariz.
–Voy a llegar tarde a esa reunión si no te suelto pronto –¿Lo vez? Eras tú la que me sostenía y aun así afirmé que era mi culpa.
–Y creéme, nadie quiere verme furioso en la oficina por haber perdido tiempo en la cama por culpa de mi esposa dormilona –a pesar de mis palabras, no hice ningún esfuerzo real por liberarme.