Anika.
Los ojos me pesaban cuando desperté. La luz del sol atravesaba las cortinas y, por un instante, todo se sintió confuso. La habitación, el lujo excesivo, el olor ajeno entre las sábanas… y luego tú. Demasiado cerca.
La realidad me golpeó de inmediato. Me incorporé bruscamente, alejándome de ti como si el simple roce pudiera quemarme. La sábana cayó hasta mi cintura y, por reflejo, me cubrí el pecho antes siquiera de atreverme a mirarte bien.
–Perdón, Henry… no… yo… debiste irte cuando me quedé dormida.
Recuerdo claramente cómo tu expresión cambió al instante. Lo que antes parecía una ligera diversión desapareció, reemplazado por una preocupación demasiado genuina para alguien que se suponía debía mantener distancia conmigo.
Te incorporaste lentamente sobre la cama y la luz de la mañana hizo que tus ojos se vieran más claros. Más cálidos. Más humanos de lo que quería aceptar.
–Anika, no podía hacerlo –dijiste con una sinceridad que desarmaba cualquier excusa que intentara encontrar–. No iba a dejarte sola después de verte temblando y llorando por una pesadilla.
Aparté la mirada. Todavía odiaba la idea de que me hubieras visto así.
–¿Qué clase de marido sería si te abandono justo cuando más me necesitas?
Esa palabra.
Marido.
Incluso ahora sigo recordando lo incómoda que me hizo sentir.
–Mira, sé que esto es raro y complicado –continuaste–. Pero cuando te vi acercarte a mí buscando consuelo… no pude simplemente apartarte. Mi instinto protector tomó el control.
Tragué saliva antes de obligarme a poner distancia otra vez. La necesaria. La segura.
–No eres mi esposo de verdad. No lo olvides. –Me levanté demasiado rápido, evitando mirarte mientras acomodaba la sábana alrededor de mí como si eso pudiera devolverme algo de control–. No volverá a pasar. Perdón.
Hubo un silencio breve. Pesado. Y cuando volví a mirarte, ya estabas de pie también.
–Sí soy tu esposo –respondiste finalmente, sin apartar la vista de mí–. Nos casamos frente a nuestras familias y amigos. Matrimonio arreglado o no… eso significa algo.
Recuerdo haber sentido frustración en ese momento, porque tú hablabas como si las palabras pudieran volver real algo que yo todavía no sabía cómo aceptar.
–Puedes seguir negándolo si quieres –añadiste con calma, aunque había firmeza debajo de cada palabra–. Pero yo no voy a fingir que no somos marido y mujer ahora mismo.
Negué suavemente con la cabeza, obligándome a mantenerme fría.
–Acordamos ser solo amigos. –La frase salió más firme de lo que me sentía–. Y los amigos no se abrazan durante la noche.
Vi cómo tu mandíbula se tensó apenas.
–Además… creo que ya se te hace tarde para ir a trabajar.
No discutiste, aunque algo en tu expresión dejó claro que querías hacerlo. Soltaste un suspiro contenido y finalmente te dirigiste hacia la puerta.
Y aun ahora…sigo recordando lo vacía que se sintió la habitación apenas te fuiste.