Anika.
Antes de que pudiera responder, uno de los empleados entró al comedor con el desayuno. El aroma de café y comida caliente llenó el espacio de inmediato. Huevos revueltos, frutas, pan recién hecho. Y, para mi desgracia, mi estómago decidió reaccionar justo en el peor momento posible.
El pequeño gruñido involuntario hizo que levantaras la vista hacia mí con una sonrisa apenas perceptible. Odié lo mucho que parecías disfrutar avergonzarme.
—Sé que todo esto es absurdo —dijiste después, mientras tomabas tu taza de café—. Dos extraños obligados a vivir juntos porque nuestras familias creen que eso beneficiará sus negocios.
Te observé en silencio.
—Una casa enorme. Personal. Eventos. Expectativas ridículas. Y nosotros fingiendo que sabemos qué hacer con todo esto.
Había algo extrañamente honesto en tu voz en ese momento, más humano, menos Henry Caldwell.
—Mira, no soy un monstruo —añadiste después de un sorbo de café. Fruncí ligeramente el ceño.
—Y yo tampoco soy una anémona. –Tu risa llenó el comedor otra vez.
—Claro que no. Eres más bien un pequeño huracán. –Entrecerré los ojos.
—¿Un huracán?
—Uno diminuto que deja destrucción a su paso sin darse cuenta. Eso es mucho peor que ser una simple planta marina.
Negué con la cabeza intentando no reírme. Intentando.
—Prometo no volver a llamarte anémona si prometes no intentar destruir mi sistema operativo otra vez.
—No prometo nada —respondí mientras tomaba un poco de fruta—. Pero supongo que puedo intentarlo.
Hice una pausa breve antes de encogerme ligeramente de hombros.
—Y… tal vez sí soy un pequeñito huracán andante. Pero muy pequeño.
La carcajada que soltaste después fue completamente genuina.
Tan natural que, por un segundo, olvidé que se suponía que éramos dos personas viviendo un acuerdo temporal.
—Pequeño huracán es una descripción bastante precisa —dijiste todavía divertido—. Aunque los huracanes reales al menos saben qué destruyen. Tú pareces hacerlo sin darte cuenta.
Miraste el reloj poco después y dejaste la taza sobre la mesa.
—Debo irme o llegaré tarde a una reunión.
Asentí apenas y no sé por qué…pero la siguiente pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
—¿A qué hora vuelves?
Tú tampoco pareciste esperar que preguntara eso.
Lo noté en la forma en que me miraste por un segundo más de lo normal.
—Tenemos una cena de negocios esta noche con inversionistas asiáticos —respondiste finalmente mientras acomodabas el saco sobre tus hombros—. Y después iré a ver a Emily.
Y ahí estaba otra vez esa realidad incómoda. La de las vidas separadas. La del acuerdo. La de la mujer a la que realmente pertenecía tu tiempo. Pero no dolió. No en ese momento. Porque eso era exactamente lo que habíamos decidido desde el inicio.
—El chef preparará algo ligero para ti si tienes hambre —añadiste distraídamente mientras caminabas hacia la salida—. Luego giraste apenas el rostro hacia mí.
—Y, por favor, intenta no provocar ninguna crisis internacional mientras estoy fuera.
Y aun ahora…creo que esa fue la primera mañana en la que esta casa dejó de sentirse completamente ajena.