Henry.
Tres semanas.
Eso fue lo primero que pensé cuando miré el reloj esa noche. Tres semanas desde la última vez que te vi esa mañana en el desayuno.
Y después… nada. Ni una llamada. Ni un mensaje. Ni una explicación. Solo ausencia.
Al principio no me preocupé, porque eso era lo que habíamos acordado desde el inicio, ¿no?
Vidas separadas, espacios individuales, sin obligaciones emocionales.
Tú no tenías que reportarme dónde estabas y yo tampoco tenía derecho a preguntar.
Eso intenté repetirme durante los primeros días. Funcionó… aproximadamente cuarenta y ocho horas, después empezó a irritarme. No la ausencia, el silencio.
La tercera noche sin noticias terminé preguntándole a Margaret si habías regresado mientras yo estaba fuera.
Negó con la cabeza inmediatamente.
—La señorita Katsar no ha vuelto desde el viernes, señor.
Recuerdo perfectamente la molestia absurda que sentí al escucharla llamarte señorita Katsar. Como si el título de soltería aún te perteneciera.
–¿Señorita?
–Ella nos pidió llamarla así.
–No lo hagan más –tuve que controlar mi creciente irritación desconocida.
—¿Llamó?
—No, señor. –Asentí una sola vez y seguí caminando como si realmente no importara. Pero sí importaba. Más de lo que debía. Y eso empezó a irritarme todavía más.
Para la segunda semana ya había perdido completamente la capacidad de convencerme de que era normal.
Tu habitación seguía intacta, demasiado ordenada, demasiado vacía. Y la casa… la casa estaba insoportablemente silenciosa sin ti causando algún tipo de desastre accidental.
Nadie discutía con el chef. Nadie tocaba cosas que claramente no debía tocar. Nadie hacía preguntas absurdas durante el desayuno.
Todo volvió a funcionar perfectamente. Y, extrañamente…odié eso.
La noche de la tercera semana terminé entrando a tu habitación sin una razón válida. O quizá sí la había. Solo no quería admitirla todavía. La habitación seguía oliendo ligeramente a tu perfume. Eso fue peor de lo que esperaba.
Me quedé ahí varios segundos, observando el espacio vacío como si de alguna forma fueras a aparecer otra vez solo porque yo lo quería. Ridículo. Completamente ridículo. Y aun así saqué el teléfono. Miré tu contacto durante demasiado tiempo.
No llamé, porque sabía perfectamente cómo sonaría eso, como preocupación, como necesidad, como algo demasiado parecido a extrañarte y todavía no estaba listo para admitir algo así.
Solté el teléfono sobre la cama con frustración antes de pasar una mano por mi rostro.
Tres semanas. Tres semanas sin una sola noticia tuya. Y lo peor de todo…era que empezaba a sentir que la casa ya no se sentía como mi casa cuando tú no estabas en ella, incluso si solo habías dormido dos noches aquí durante el primer mes desde la boda.