Anika.
Tres semanas. Tres semanas viviendo otra vez en la residencia universitaria como si nada hubiera cambiado.
Como si no existiera una enorme casa en otra parte de la ciudad esperándome.
Como si no estuviera casada.
Entre clases atrasadas, cafeterías llenas y mis amigas invadiendo mi habitación a cualquier hora del día, la vida seguía sintiéndose extrañamente normal.
Al menos hasta que mencionaban hombres. O, más específicamente…a Aiden.
—No entiendo cómo puedes ignorarlo tanto —dijo Sarah mientras se dejaba caer sobre mi cama sin ningún cuidado—. Literalmente parece un modelo de revista deprimido cada vez que pasas junto a él.
Solté una pequeña risa sin despegar la vista de mi computadora.
—Tal vez porque sí está deprimido.
—Anika.
—¿Qué?
—Te invitó a salir tres veces esta semana.
—Y sobrevivió a las tres negativas. Estoy orgullosa de él.
El cojín que me lanzaron golpeó mi hombro inmediatamente.
—Eres imposible —se quejó Emma desde el escritorio—. Cualquier otra chica ya habría aceptado.
Negué suavemente con la cabeza mientras cerraba finalmente la laptop.
—Aiden es agradable. Solo eso.
Las dos me observaron en silencio unos segundos. Demasiado silencio. Malo.
—¿Qué? —pregunté finalmente.
—Nada. Solo… estás rara últimamente.
—¿Rara cómo?
—Distante.
Emma asintió enseguida.
—Y misteriosa, ahora escondes el teléfono cuando te llegan mensajes.
Abrí la boca para defenderme, pero el sonido de una notificación justo en ese momento arruinó completamente cualquier intento.
Las tres miramos el teléfono sobre la cama. Y mi corazón traicionero reaccionó antes que yo. Porque sabía perfectamente quién era incluso sin mirar.
Henry.
—Ajá. Ahí está la razón. –Sarah sonrió lentamente.
Tomé el teléfono demasiado rápido.
Error.
—No es nadie.
—Eso fue sospechosamente rápido.
—Es un compañero de clase. –Otra mentira técnicamente válida.
Porque, de alguna manera absurda, Henry y yo seguíamos aprendiendo a convivir como si fuéramos precisamente eso: dos personas obligadas a compartir espacio sin saber realmente qué hacer con el otro.
El teléfono vibró otra vez entre mis manos.
**¿Piensas volver a casa este mes o debo empezar a asumir que te secuestraron?**
Tuve que contener la sonrisa inmediatamente. Grave error. Porque Sarah prácticamente gritó desde la cama.
—¡ESTÁS SONRIENDO!
—No estoy sonriendo.
—¡Sí lo estás!
Emma me arrebató una almohada y me apuntó acusadoramente.
—Hay un hombre. Definitivamente hay un hombre.
Negué demasiado rápido.
—No hay ningún hombre.
Técnicamente…eso tampoco era completamente mentira, porque lo que había con Henry no encajaba realmente en ninguna categoría normal.
No era un novio. No era un romance. No era una historia de amor.
Era solo…Henry.
Y eso ya era suficientemente complicado por sí solo.