Anika.
Debí ignorarte. Eso habría sido lo inteligente. Responder tarde. Mantener distancia. Recordar las reglas. Pero en cuanto vi tu mensaje… respondí demasiado rápido.
Y peor aún, sonreí. Sola. Como una tonta.
—Definitivamente hay un hombre —declaró Sarah desde mi cama apenas notó mi expresión.
—No exageres.
—Anika, literalmente acabas de sonreírle al celular. Eso jamás pasa contigo.
Emma levantó una ceja desde el escritorio.
—Además escondiste la pantalla. Sospechoso. Muy sospechoso.
Negué con la cabeza intentando aparentar indiferencia.
—Solo era un mensaje molesto.
Mi teléfono vibró otra vez. Y las tres miramos automáticamente hacia él. Perfecto. Lo tomé rápido antes de que alguna intentara alcanzarlo.
**Qué desafortunado. Ya estaba considerando heredar tu habitación al chef.**
Tuve que morderme el labio para no reírme. Otra vez. Sarah abrió los ojos exageradamente.
—¡Está coqueteando contigo!
—No está coqueteando conmigo.
—Entonces ¿por qué sonríes así?
—No estoy sonriendo “así”.
Emma soltó una risa baja.
—Dios mío. Sí te gusta alguien.
La idea me golpeó tan rápido que reaccioné casi por reflejo.
—No me gusta nadie. –Demasiado rápido. Demasiado firme. Y eso solo empeoró todo.
Sarah me observó unos segundos antes de sonreír lentamente.
—Entonces es complicado.
Sentí el estómago tensarse apenas.
Porque, desafortunadamente…tenía razón. Muy complicada. Más de lo que cualquiera de ellas podía imaginar. Miré la pantalla otra vez antes de responderte finalmente.
**El chef probablemente sería más ordenado que yo. Buena elección.**
La respuesta llegó casi inmediata.
**Definitivamente sería menos destructivo.**
Solté una pequeña risa nasal.
—Ahí está otra vez —señaló Emma acusadoramente—. Esa sonrisa.
—No es una sonrisa.
—Anika, por favor. Parece que estás texteando con alguien que te gusta y odias al mismo tiempo.
Abrí la boca para negarlo. Pero no salió nada. Porque, honestamente… ni siquiera sabía cómo describirte.
Henry no encajaba en nada lógico.
No eras un enamorado insistente. Ni un esposo real. Ni siquiera un amigo normal.
Eras solo… tú. Extrañamente fácil de extrañar.
La realización me incomodó más de lo que debería. Así que bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo sobre la cama.
Distancia. Necesitaba recordar la distancia.
Porque estaba empezando a acostumbrarme demasiado a responderte.