Henry.
La escuché antes de verla. Un sonido bajo. Entrecortado.
No un grito esta vez, algo peor, porque sonaba contenido, como si incluso dormida intentaras no hacer demasiado ruido.
Cerré el libro que tenía entre las manos y miré hacia el pasillo vacío unos segundos.
No debería ir. Eso pensé y aun así terminé caminando hacia tu habitación otra vez.
La puerta estaba apenas entreabierta, suficiente para escuchar tu respiración agitada.
Entré en silencio. Te encontré moviéndote inquieta entre las sábanas, con el ceño fruncido y las manos aferradas a la almohada como si estuvieras intentando sostenerte de algo.
—Anika…
No reaccionaste.
Murmuraste algo inentendible antes de girarte apenas, claramente atrapada en otra pesadilla.
Debí despertarte, pero recordé cómo habías reaccionado la última vez.
El miedo. El llanto. La vergüenza después.
Así que hice algo distinto, me acerqué lentamente y me acosté a tu lado sin hacer ruido. Por un instante dudé, luego pasé un brazo alrededor de ti con cuidado.
Tu reacción fue inmediata. No despertaste. Simplemente te acercaste más, como si tu cuerpo ya reconociera el mío incluso dormida.
La tensión en tu respiración empezó a disminuir poco a poco, tus manos dejaron de aferrarse desesperadamente a las sábanas y finalmente…te calmaste, así de simple.
Me quedé observándote en silencio unos segundos.
Demasiados, probablemente, porque empecé a darme cuenta de algo peligroso, ya no entraba a esta habitación solo porque estuvieras mal, entraba porque odiaba la idea de dejarte sola.