Anika.
Aiden ya estaba esperándome cuando llegué al café, recargado contra la barra, con una chaqueta oscura y esa expresión relajada que parecía tener incluso durante los exámenes finales.
Me vio apenas entré y sonrió de inmediato.
Fácil.
Natural.
Normal.
—Milagro. Sí existes.
Rodé los ojos mientras me acercaba.
—No te emociones demasiado. Consideré cancelarte tres veces.
—Pero viniste. Eso ya significa progreso emocional.
Solté una pequeña risa antes de sentarme frente a él.
Y, honestamente…todo con Aiden era sencillo, la conversación fluía, no había tensión rara, no había acuerdos absurdos, no había otra mujer esperando en alguna parte. Solo dos universitarios hablando de clases, profesores insoportables y planes que probablemente ninguno cumpliría.
Normal. Exactamente el tipo de vida que se suponía debía querer.
—Sigues distraída —comentó Aiden después de un rato, observándome por encima de su taza de café.
Parpadeé apenas.
—¿Qué?
—Llevas viendo el teléfono cada cinco minutos.
Bajé la mirada automáticamente hacia la pantalla bloqueada junto a mi mano. No había mensajes nuevos y aun así seguía revisándolo. Molesta conmigo misma, lo aparté un poco.
—Costumbre.
Aiden me observó en silencio unos segundos antes de inclinarse apenas hacia adelante.
—¿Hay alguien más?
La pregunta llegó tan directa que me tomó desprevenida.
Porque técnicamente…sí.
Y no.
Henry no era “alguien más”.
No de la manera en que Aiden lo preguntaba, pero tampoco era fácil explicar qué era exactamente.
—No es eso —respondí finalmente.
Aiden sostuvo mi mirada unos segundos más. Luego sonrió apenas.
—Entonces todavía tengo oportunidad.
La frase debió sentirse ligera, coqueta y simple. Pero, inesperadamente…mi mente recordó la forma en que Henry había reaccionado esa mañana al ver el mensaje en mi teléfono, esa calma demasiado controlada, ese silencio...y odié un poco que siguiera pensando en él justo mientras estaba sentada frente a otro hombre.