Henry.
Dormir juntos se volvió una costumbre demasiado rápido. Peligrosamente rápido.
Ya no había preguntas incómodas ni excusas torpes a medianoche, simplemente aparecías en mi habitación todas las noches… y te acomodabas a mi lado como si siempre hubiera sido así, y honestamente, dejé de intentar detenerlo porque funcionaba.
Tus pesadillas disminuyeron. Dormías mejor. Respirabas tranquila.
Y yo empezaba a acostumbrarme demasiado a despertar contigo cerca. Quizá por eso me molestó tanto cuando volviste a irte.
Otra vez.
Veinte días.
Veinte malditos días en la residencia universitaria con la excusa de los exámenes nuevamente.
Y esta vez sí llamabas.
A veces.
Mensajes cortos, fotos absurdas de café horrible, quejas sobre profesores, como si eso compensara realmente tu ausencia.
Pero no era suficiente, porque mientras tú parecías adaptarte perfectamente lejos de esta casa… yo no lograba dejar de pensar en algo, tus pesadillas, la forma en que te rompían dormida, el miedo real en tu voz, la desesperación con la que te aferrabas a mí después.
No tenía sentido. Había visto miedo antes, ansiedad, trauma, pero contigo era distinto. Demasiado intenso para simples malos sueños, y empezaba a desesperarme no entender qué demonios te había pasado para reaccionar así.
Esa noche terminé sentado solo en mi oficina otra vez, mirando el teléfono más veces de las necesarias.
Tu último mensaje seguía abierto en pantalla.
**Emma casi incendia el microondas. Creo que la universidad quiere matarnos lentamente.**
Sonreí apenas, luego la sonrisa desapareció igual de rápido, porque el problema era justamente ese, podías actuar completamente normal durante el día, reír, bromear, discutir conmigo, y aun así, por las noches…parecía que algo dentro de ti seguía atrapado en algún lugar horrible del que nunca hablabas.
Y empezaba a odiar no saber cómo ayudarte a salir de ahí.