Anika.
—¡Aiden, pasa la pelota!
Los gritos alrededor de la cancha apenas me dejaban escuchar a Emma, que seguía quejándose sobre el árbitro desde hacía diez minutos.
Yo estaba distraída, sentada en las gradas con el teléfono entre las manos mientras fingía prestar atención al partido. Hasta que tu nombre apareció en pantalla.
Henry.
Fruncí ligeramente el ceño antes de contestar.
—Hola—
—No más juegos.
Tu voz me interrumpió inmediatamente.
Seria. Fría. Peligrosamente calmada.
Mi espalda se tensó al instante. Escuché el sonido de algo golpeando una mesa de fondo antes de que hablaras otra vez.
—Esta semana mismo estarás durmiendo bajo mi techo todas las noches.
Parpadeé confundida.
—¿Qué?
—Escuchaste perfectamente.
Me incorporé apenas en la grada, alejándome un poco del ruido.
—Henry, ¿qué demonios te pasa?
—Tu esposo está cansado de que desaparezcas veinte días cada vez que decides ignorar la existencia de esta casa.
Sentí el corazón acelerarse apenas, porque nunca hablabas así, nunca usando esa palabra con tanta firmeza.
*Esposo.*
—Henry, yo…
—Guardaste silencio suficiente.
Tu voz me cortó bruscamente y algo en ella hizo que dejara de intentar interrumpirte.
—Mañana por la mañana recoges tus cosas de la residencia y vuelves a casa. No es una sugerencia. Es una orden.
Abrí la boca inmediatamente.
—Pero vivo aquí mucho antes de casarme contigo. ¿Cuál es el problema?
Hubo un silencio corto al otro lado de la línea. Luego hablaste otra vez.
Más bajo.
Más peligroso.
—El problema es que nuestro matrimonio no es solo un arreglo comercial, Anika, incluye ciertas expectativas como vivir en la misma dirección postal.
Cerré los ojos apenas. Sarah y Emma seguían gritándole cosas al partido sin notar nada y yo sentía cómo mi pulso empezaba a desordenarse lentamente.
—¿Realmente crees que puedes seguir viviendo como si yo fuera un socio minoritario en este acuerdo?
Tu voz se endureció todavía más.
—Porque déjame aclararte algo: soy tu marido y eso significa que tus estadías eternas en la residencia universitaria terminaron.
Tragué saliva, no por miedo, sino porque por primera vez…sonabas afectado de verdad.
Molesto.
Frustrado.
Cansado.
Como si hubieras llegado finalmente a tu límite conmigo.
—Henry, estás exagerando.
Escuché tu respiración pesada al otro lado antes de responder.
—Me dije durante semanas que eras adulta, que podías cuidarte sola.
Hubo una pausa breve y entonces tu voz bajó apenas.
—Pero resulta que eres demasiado terca para pedir ayuda cuando la necesitas, así que voy a tomar el control de esta situación.
Mi corazón dio un pequeño vuelco incómodo, porque sabía perfectamente que esto no se trataba realmente de la residencia, se trataba de las noches, de mis pesadillas, de cómo empezaste a notar demasiado sobre mí.
—Mañana vienes a casa, Anika. Fin de la discusión.
Y la llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla varios segundos en silencio, hasta que Emma apareció a mi lado sobresaltándome.
—¿Quién demonios era ese?
Levanté lentamente la vista hacia la cancha, y honestamente… ni siquiera sabía cómo explicar lo que acababa de pasar.