Anika.
Volví esa misma noche, molesta, cansada y todavía furiosa por la forma en que me hablaste por teléfono.
Todo el camino hacia la casa repetí mentalmente las cosas que pensaba decirte.
Que no podías darme órdenes.
Que esto seguía siendo un acuerdo.
Que no tenías derecho a decidir sobre mi vida solo porque compartíamos un apellido.
Pero el problema contigo Henry… era que nunca lograba sostener el enojo demasiado tiempo cuando te tenía enfrente.
Te encontré en la sala, todavía despierto, con la lámpara tenue iluminando apenas el espacio, parecías haber estado esperándome, eso solo me irritó más. Dejé mi mochila sobre el sofá con más fuerza de la necesaria antes de cruzarme de brazos.
—Eres un controlador insoportable.
Levantaste la vista hacia mí con una calma que me desesperó inmediatamente.
—Buenas noches para ti también.
—No bromees conmigo.
Tu expresión cambió apenas, más seria, pero no discutiste, eso fue peor, porque me dejaste espacio para seguir hablando.
—No puedes simplemente llamarme y darme órdenes como si…
Mi voz perdió fuerza apenas me acerqué más, porque estabas cansado, lo noté inmediatamente, ojeras leves, la mandíbula tensa, esa expresión contenida que aparecía cuando llevabas demasiado tiempo preocupado por algo y odié que eso debilitara mi enojo tan rápido.
—No eres mi esposo de verdad, Henry. No lo olvides.
El silencio cayó entre nosotros inmediatamente, vi el instante exacto en que esas palabras te golpearon más de lo que esperaba, pero aun así continué, más suave esta vez.
—Solo acepté volver porque me has ayudado mucho… y no quiero que tengamos una mala relación.
Tu mirada permaneció fija en mí unos segundos. Demasiados.
Luego soltaste una pequeña risa nasal sin humor mientras dejabas el vaso que sostenías sobre la mesa.
—Qué alivio. Empezaba a preocuparme pensar que habías vuelto porque querías estar aquí.
La punzada incómoda en mi pecho apareció demasiado rápido y eso me molestó todavía más.
—Henry…
Te levantaste antes de que pudiera terminar. Lento. Demasiado cerca cuando quedaste frente a mí.
—Ese es justamente el problema contigo, Anika.
Tu voz salió tranquila, pero peligrosamente contenida.
—Sigues diciendo que esto no es real mientras vienes a buscarme cada vez que tienes miedo, mientras duermes conmigo todas las noches, mientras desapareces veinte días y aun así esta sigue siendo la primera casa a la que vuelves.
Tragué saliva, porque no tenía respuesta para eso y creo que tú también lo supiste. Tu expresión se suavizó apenas después. Solo un poco.
—No estoy intentando controlarte.
La voz te salió más cansada esta vez, más honesta.
—Solo estoy cansado de sentir que apareces y desapareces cuando quieres… y yo tengo que fingir que no me afecta.
El corazón me dio un vuelco incómodo, porque esa frase…esa sí sonó demasiado real.