Henry.
Te molestaste inmediatamente después de eso, lo vi en tu expresión, en la forma en que evitaste mirarme, en cómo cruzaste los brazos como si estuvieras intentando protegerte de algo más que de mí.
—Perfecto —soltaste con frustración—. Entonces ya no vamos a dormir juntos.
Tu tono hizo que casi sonriera, porque sonaba menos como una decisión real y más como una represalia emocional improvisada.
—Anika.
—No. Ya entendí. Tú haces lo que quieres y yo solo tengo que aceptarlo, ¿cierto? Pues bien. Se acabó.
Tomaste tu mochila y caminaste hacia las escaleras antes de girarte apenas.
—Buenas noches, Henry.
La forma en que dijiste mi nombre dejó claro que no tenía nada de “buena” para ti.
Escuché la puerta de tu habitación cerrarse con más fuerza de la necesaria unos segundos después y me quedé solo en la sala, observando el espacio vacío donde habías estado.
Suspiré lentamente, eras imposible cuando te enojabas, pero lo peor era que entendía por qué, porque yo también había cruzado líneas ayer, hablarte como si realmente fueras mi esposa, molestarme porque te ibas, admitir que me afectaba.
Todo eso empezaba a parecer demasiado real entre nosotros y creo que eso también te asustó.
Aun así… sabía perfectamente que no ibas a dormir bien sola esta noche. Así que aproximadamente una hora después subí a tu habitación, porque honestamente, tu amenaza de “ya no dormiremos juntos” tenía exactamente cero posibilidades de funcionar conmigo.
Abrí la puerta despacio. La lámpara estaba apagada y tú ya dormías de lado, todavía abrazando una almohada con el ceño ligeramente fruncido, molesta incluso dormida. La idea me arrancó una sonrisa pequeña.
Me acerqué lentamente a la cama. No reaccionaste cuando me acosté a tu lado... pero apenas pasaron unos minutos… tu cuerpo se movió inconscientemente hacia mí otra vez.
Automático.
Como siempre.
Tu mano terminó aferrándose suavemente a mi camisa mientras escondías el rostro cerca de mi cuello y ahí estaba otra vez esa contradicción absurda contigo.
Despierta podías discutir conmigo durante horas, podías insistir en que esto no era real, en que yo no era tu esposo de verdad, pero dormida… tu cuerpo siempre me elegía igual.
Bajé la mirada hacia ti en la oscuridad mientras acomodaba un brazo alrededor de tu cintura.
—Sí, claro —murmuré apenas contra tu cabello—. Ya no dormiremos juntos.
Y honestamente… nunca te vi dormir más tranquila que esa noche.