Anika.
Los días empezaron a acomodarse solos después de eso, sin discusiones reales, sin volver a mencionar mi amenaza absurda de “ya no dormiremos juntos”.
Porque ambos sabíamos que no iba a cumplirse, además…te perdoné demasiado rápido. Otra vez. Pero eras tú.
Y empezaba a descubrir algo peligroso: simplemente no sabía cómo odiarte.
Así que volví a casa todos los días después de la universidad. A veces cenábamos juntos, a veces trabajábamos en silencio en la misma habitación, a veces terminábamos riéndonos por cosas absurdas como si fuéramos una pareja normal.
Y por las noches…siempre terminaba durmiendo contigo, ya ni siquiera lo discutíamos, simplemente sucedía. Quizá por eso el sábado me golpeó más de lo que debía.
Estábamos desayunando cuando dejaste la taza de café sobre la mesa y hablaste con aparente normalidad.
—Esta noche no voy a cenar aquí.
Levanté apenas la vista de mi teléfono.
—¿Trabajo?
—Es el cumpleaños de Emily.
Mi mano se detuvo apenas sobre la pantalla.
Ahí estaba otra vez.
Emily.
La realidad incómoda que a veces olvidaba demasiado fácil cuando estábamos solos aquí.
Tú notaste el pequeño silencio inmediatamente.
—Voy a ir unas horas.
Asentí despacio, porque, técnicamente… no había nada raro en eso.
Emily era importante para ti desde antes de que yo apareciera y nosotros nunca habíamos prometido exclusividad emocional, ni romanticismo, ni absolutamente nada parecido.
Aun así… algo incómodo se instaló lentamente en mi pecho.
—Claro —respondí intentando sonar casual—. Tiene sentido.
Me observaste unos segundos más de lo normal, como si estuvieras esperando otra reacción, pero ¿qué se suponía que dijera?
“No vayas.”
“Quédate conmigo.”
“Empiezo a odiar compartirte con alguien que sí amas.”
Ridículo.
Así que solo bajé la mirada otra vez hacia el teléfono y tú también fingiste que todo seguía completamente normal.
Aunque, extrañamente… por primera vez la idea de dormir sola esa noche no me gustó en absoluto.