Anika.
—No confío en ustedes dos.
Sarah soltó una carcajada inmediatamente mientras estacionaba el auto frente al lago.
—Qué exagerada eres. Solo estamos saliendo a relajarnos un rato.
Emma evitó mirarme directamente, sospechoso, muy sospechoso. Debí irme desde ese momento, pero llevaba toda la mañana encerrada pensando demasiado en ti, en Emily, en la cena de cumpleaños, en la forma incómoda en que aquello me había afectado.
Así que acepté venir. Grave error, porque apenas bajamos del auto lo vi.
Aiden.
Recargado contra la baranda de madera con una bolsa de comida en la mano y esa sonrisa relajada que apareció apenas me vio llegar.
Me detuve inmediatamente.
—Las voy a asesinar.
Sarah sonrió orgullosa.
—De nada.
Emma levantó ambas manos fingiendo inocencia.
—Creemos en las segundas oportunidades.
Giré lentamente hacia ellas con incredulidad.
—¿Me tendieron una emboscada romántica?
—Suena más lindo cuando lo dices así.
Aiden soltó una risa baja antes de acercarse.
—Prometo que yo también fui víctima del complot. Aunque honestamente no me estoy quejando.
Le regalé una sonrisa cortés, y pese a todo… terminé quedándome.
El lugar era bonito, el ambiente ligero y Aiden seguía siendo absurdamente fácil de tratar. Caminamos cerca del lago mientras Sarah y Emma desaparecían convenientemente cada diez minutos para dejarnos solos.
Traidoras.
—Sigues distraída —comentó Aiden después de un rato.
Lo miré apenas.
—¿Así saludas siempre?
—No, pero contigo ya es costumbre notarlo.
Bajé la mirada hacia el agua unos segundos, porque tenía razón, otra vez… y lo peor era saber exactamente por qué.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo de mi chaqueta, el corazón me reaccionó antes que la cabeza, automáticamente.
Aiden lo notó enseguida.
—Ahí está esa cara otra vez.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué cara?
—La de alguien que espera mensajes de una persona específica.
Saqué el teléfono demasiado rápido.
Y ahí estabas tú.
**¿Ya provocaste algún desastre hoy o todavía tengo tiempo de preocuparme?**
Tuve que contener la sonrisa inmediatamente.
Maldita sea.
—Definitivamente hay alguien más —murmuró Aiden.
Levanté la vista hacia él de golpe.
Y por primera vez… sentí culpa, porque Aiden sí era el chico correcto, el sencillo, el lógico, el que tenía sentido para mi vida, pero el problema era que, sin darme cuenta… ya empezaba a comparar a todos contigo.
—No hay nadie.
Demasiado rápido. Demasiado automático.
Aiden soltó una pequeña risa mientras seguíamos caminando junto al lago.
—Anika, cada vez que te llega un mensaje reaccionas como si el teléfono acabara de confesarte su amor.
Rodé los ojos inmediatamente.
—Eso no pasó.
—Acabas de sonreírle a la pantalla.
Bajé la vista hacia el celular todavía encendido entre mis manos. Tu mensaje seguía ahí.
¿Ya provocaste algún desastre hoy o todavía tengo tiempo de preocuparme?
Y odié notar lo natural que se había vuelto para mí esperar cosas así de ti, molestarme contigo, buscarte, dormir contigo, extrañarte.
La última idea apareció demasiado rápido. La aparté inmediatamente.
—Solo es alguien fastidioso —murmuré guardando el teléfono otra vez.
Aiden levantó apenas una ceja.
—La gente no sonríe así por personas fastidiosas.
Sentí el corazón tensarse apenas, porque antes habría sido fácil negarlo.
Pero últimamente… las mentiras empezaban a sonar débiles incluso para mí.
Aiden guardó silencio unos segundos antes de hablar otra vez.
—¿Te gusta?
La pregunta me tomó desprevenida… y por un instante no supe qué responder, porque la lógica decía que no.
No tenía sentido que me gustaras tú, no eras libre realmente, no eras simple, no eras seguro y aun así… mi mente recordó inmediatamente cómo dormía abrazándote, cómo notabas mis pesadillas incluso antes que yo, cómo la casa había empezado a sentirse vacía cuando no estabas.
Tragué saliva antes de apartar la mirada.
—Es complicado.
La sonrisa pequeña que apareció en el rostro de Aiden fue demasiado comprensiva.
Como si hubiera entendido más de lo que quería admitir.
—La gente siempre dice eso cuando ya empezó a enamorarse un poco.
El corazón me dio un vuelco incómodo y odié no poder decir inmediatamente que estaba equivocado.