Anika.
Una de la mañana. Seguía despierta, acostada boca arriba mirando el techo oscuro de mi habitación mientras intentaba convencerme de cerrar los ojos inútilmente, porque el problema no era dormir, era lo que venía después.
Las pesadillas siempre eran peores cuando estaba sola y esa noche tú no ibas a volver o al menos eso había asumido desde la mañana.
Emily.
La idea regresó incómodamente a mi cabeza mientras abrazaba una almohada contra mi pecho.
Probablemente seguías con ella, tal vez dormías con ella, tal vez ni siquiera pensabas en esta casa ahora mismo y no tenía derecho a que eso me molestara, ninguno, aun así… la habitación se sentía demasiado vacía sin ti.
Cerré los ojos con frustración intentando obligarme a dormir de una vez.
Mala idea porque apenas empecé a quedarme dormida, las imágenes volvieron otra vez.
El ruido. Los vidrios rompiéndose. La sangre. Los gritos.
Me incorporé bruscamente antes de caer completamente en la pesadilla, respirando agitado.
No.
No quería dormir sola esta noche pero tampoco podía llamarte, no cuando estabas con ella. La idea dolió más de lo que debía.
Entonces escuché pasos en el pasillo, fruncí el ceño inmediatamente y segundos después la puerta se abrió lentamente.
Mi corazón se detuvo un instante al verte entrar, todavía con ropa formal, la corbata floja, cansado, pero ahí.
—Henry… —Tu mirada recorrió rápidamente mi expresión antes de acercarte a la cama.
—Sigues despierta. —Mi garganta se cerró un poco antes de responder.
—Pensé que no ibas a volver.
Algo extraño pasó por tu expresión apenas un segundo, cansancio quizá… o culpa, no estaba segura, solo suspiraste suavemente mientras te sentabas a mi lado.
—No iba a dejarte sola esta noche. —La frase me golpeó demasiado fuerte, porque sonó natural, como si ya fuera obvio para ti regresar por mí, como si mi miedo ya también te perteneciera un poco.
Bajé la mirada rápidamente antes de que notaras el efecto que tuvo en mí, pero fue inútil, porque apenas te acostaste junto a mí y me acercaste hacia tu pecho… mi cuerpo se relajó inmediatamente y creo que tú también lo sentiste… la forma en que dejé de temblar, la forma en que mi respiración se calmó.
Tu mano acarició lentamente mi cabello antes de murmurar contra mi cabeza:
—Duerme, Anika. Estoy aquí.
Y honestamente… nunca había odiado tanto lo segura que me hacías sentir.