Anika.
No podía dormir. O quizá simplemente no quería hacerlo todavía.
Porque estabas ahí otra vez, abrazándome como si ya fuera costumbre, como si este lugar junto a ti me perteneciera un poco… y eso empezaba a asustarme.
Tu respiración tranquila llenaba el silencio de la habitación mientras yo permanecía despierta, observando la oscuridad, hasta que la pregunta salió sola.
—Henry… ¿te puedo hacer una pregunta?
Sentí cómo levantabas apenas la cabeza sobre la almohada.
—Eso nunca termina bien contigo.
Rodé ligeramente los ojos.
—Hablo en serio.
Hubo unos segundos de silencio antes de que respondieras más suave:
—¿Qué pasa?
Jugué nerviosamente con la tela de tu camisa entre mis dedos. Odié lo natural que se había vuelto hacer eso.
—¿Emily te hace feliz?
Sentí tu cuerpo tensarse apenas bajo mis manos, pequeño, pero suficiente para notarlo.
—Sí —respondiste después de una pausa corta.
La respuesta debió tranquilizarme, recordarme cómo eran las cosas realmente, entonces, ¿por qué sentí esa punzada incómoda en el pecho?
Tragué saliva antes de hacer la pregunta que llevaba días atorada dentro de mí.
—¿Qué pasa si un día te enamoras de mí?
El silencio que siguió fue inmediato, pesado… y de repente me arrepentí completamente, porque sonaba demasiado real, demasiado íntimo, como si hubiera admitido algo que ni siquiera entendía todavía.
Levanté apenas la vista hacia ti en la oscuridad, noté algo peligroso, no parecías confundido por la pregunta… parecías afectado por la posibilidad.