Henry.
Pensé que ya te habías dormido. Estabas tranquila finalmente, sin temblores, sin miedo, y honestamente, empezaba a gustarme demasiado sostenerte así, por eso no esperaba escuchar tu voz romper el silencio de repente.
—Henry… ¿te puedo hacer una pregunta? —Sonreí apenas contra tu cabello.
—Eso nunca termina bien contigo.
Tu pequeño golpe contra mi pecho me hizo soltar una risa baja.
—Hablo en serio. —La forma en que dijiste eso hizo que prestara atención inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Sentí tus dedos jugar distraídamente con mi camisa antes de que hablaras otra vez.
—¿Emily te hace feliz?
La pregunta me tomó desprevenido, porque hacía semanas que intentaba no pensar demasiado en Emily cuando estaba contigo.
Y últimamente eso empezaba a ser un problema evidente.
—Sí —respondí finalmente.
La palabra salió más lenta de lo que debería y creo que ambos lo notamos.
El silencio después fue extraño, demasiado consciente, hasta que hablaste otra vez, más bajo esta vez, más vulnerable.
—¿Qué pasa si un día te enamoras de mí?
Sentí algo tensarse violentamente dentro de mi pecho, porque esa pregunta debía ser absurda, imposible, fácil de responder, aun así… mi mente se quedó completamente en blanco unos segundos.
Te observé en la oscuridad mientras esperabas mi respuesta y fue ahí cuando entendí la parte más peligrosa de todo esto… no me aterraba la idea de enamorarme de ti, me aterraba darme cuenta de que quizá ya estaba empezando a pasar.