Henry.
Pasaron algunos días después de aquella conversación, la pregunta seguía ahí, invisible, incómoda, como si ambos hubiéramos decidido fingir que nunca ocurrió… y aun así seguíamos durmiendo juntos todas las noches.
Esa noche estabas medio dormida sobre mi pecho mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la habitación, el ambiente era tranquilo, extrañamente tranquilo, hasta que hablaste de repente.
—Somos amigos, ¿lo olvidas?
Abrí apenas los ojos.
—¿Hm?
Levantaste un poco la cabeza para mirarme.
—Yo no me enamoraría de ti. Solo pregunté porque… hemos estado durmiendo juntos y es raro.
Tu voz salió mucho más baja al final. Sonreí apenas mientras apartaba un mechón de cabello de tu rostro.
—Sí, supongo que somos eso. Amigos que comparten cama y secretos incómodos.
Rodaste los ojos suavemente.
—Dicho así suena extraño.
—Porque es extraño.
Mi mano siguió acariciando distraídamente tu cabello mientras soltaba una pequeña risa nasal.
—Nunca imaginé que terminaría durmiendo abrazado a mi esposa por conveniencia.
Sentí cómo sonreíste apenas contra mi pecho y el silencio que siguió después ya no fue incómodo, fue suave, cálido.
—¿Sabes? —murmuré finalmente—. Creo que nunca te lo dije, pero agradezco que esto haya funcionado.
Levantaste ligeramente la cabeza otra vez. Te observé unos segundos antes de continuar.
—Cuando nos casamos pensé que todo sería frío, práctico, soportable en el mejor de los casos.
Solté una pequeña risa.
—Nunca imaginé que terminaríamos siendo… esto.
Tus ojos se suavizaron apenas.
—Yo también pensé que me tratarías horrible.
Eso me hizo alzar una ceja.
—¿Ah sí?
—Claro. El empresario arrogante obligado a casarse conmigo. Sonabas como el villano perfecto.
Reí por lo bajo antes de negar con la cabeza.
—Para ser honesto, yo tampoco tenía la mejor impresión de ti.
—¿Qué pensabas?
La miré unos segundos, fingiendo analizarlo.
—La heredera consentida de una familia rival, caprichosa, mimada, acostumbrada a conseguir todo con una llamada telefónica.
Abriste la boca ofendida inmediatamente.
—¡Henry!
—Dijiste que fuera honesto.
Tu golpe suave contra mi pecho me hizo reír otra vez.
—Imaginaba a una chica egoísta que vería este matrimonio como otra joya cara para presumir.
Mi voz bajó apenas mientras te observaba mejor.
—Pero me equivoqué completamente.
Te quedaste callada. Escuchando.
—En lugar de eso encontré a alguien que prefiere quedarse despierta estudiando hasta las tres de la mañana antes que gastar dinero innecesariamente.
Mi mano subió lentamente hasta acariciar tu mejilla.
—A alguien que intenta parecer fuerte incluso cuando está rota de miedo por dentro.
Tus ojos bajaron inmediatamente al escuchar eso y sentí cómo te acercabas apenas más a mí.
—Esperaba encontrar una muñeca de porcelana —murmuré con una sonrisa pequeña— y terminé encontrando una persona real.
El silencio duró unos segundos. Luego resoplaste suavemente.
—Claro. Terminaste con una anémona marina humana.
La carcajada se me escapó inmediata.
—Sí, definitivamente eso.
Te observé divertido mientras escondías media cara contra la almohada.
—Aunque creo que eres más como una criatura pequeña que se defiende atacando antes de que alguien pueda herirla.
—Eres horrible, siempre termino siendo algo raro contigo.
Sonreí mientras acomodaba mejor la manta sobre ambos.
—Buenas noches, mi querida anémona marina.
Tu pequeña risa fue lo último que escuché antes de sentirte caer en sueños.
--------------------------------------------------------------
7 capítulos más en Lo que quedó entre líneas: Inevitablemente Tú.