Henry.
—Te ves terrible.
Levanté apenas la vista de los documentos frente a mí al escuchar a Daniel entrar a mi oficina sin molestarse en tocar.
—Buenos días para ti también.
Daniel soltó una risa mientras dejaba una carpeta sobre el escritorio y se acomodaba frente a mí como si fuera dueño del lugar.
—No, hablo en serio. Pareces un hombre que lleva semanas sin dormir o que está teniendo una crisis emocional millonaria.
—Qué específico.
—Trabajo contigo desde hace ocho años, reconozco el patrón.
Suspiré apenas antes de volver a mirar la laptop.
Mala idea, porque Daniel seguía observándome demasiado atentamente.
—Así que… ¿Emily o la esposa?
Mi mano se detuvo apenas sobre el teclado.
Silencio.
Daniel levantó lentamente ambas cejas.
—Oh. Entonces sí es la esposa.
—No empieces.
—Henry, llevas años saliendo con Emily y jamás te había visto distraído por ella. En cambio, desde que te casaste con esa niña pareces un hombre en guerra consigo mismo.
Apoyé la espalda contra la silla soltando una exhalación cansada.
—No es una niña y estoy en guerra con nadie.
Daniel me miró exactamente como alguien mira a una persona mintiendo descaradamente.
—Claro. Por eso hace dos días rechazaste irte un fin de semana con Emily porque “tenías que volver temprano a casa”.
Fruncí el ceño inmediatamente.
—No sabes de qué hablas.
—Sé perfectamente de qué hablo.
Se inclinó apenas hacia adelante apoyando los brazos sobre las piernas.
—Lo raro no es que tengas esposa. Lo raro es que empezaste a actuar como un esposo de verdad.
La frase me irritó más de lo esperado.
—No estoy enamorado de Anika.
Daniel soltó una pequeña risa nasal.
—Ni siquiera dije enamorado. Interesante que hayas ido directo ahí.
Maldición.
Aparté la mirada inmediatamente mientras él sonreía como si acabara de confirmar exactamente lo que sospechaba.
—Emily sigue existiendo, ¿sabes? —continuó después—. Y, honestamente, esa mujer está demasiado enamorada de ti para no notar que algo cambió.
Mi mandíbula se tensó apenas, porque eso era justamente lo que llevaba días intentando ignorar… Emily empezaba a sentirse distante y no porque ella hubiera cambiado, el problema era que yo sí lo había hecho.
Daniel me observó unos segundos más antes de hablar otra vez.
—Déjame adivinar. La niña rica te salió humana.
Solté una pequeña risa sin humor mientras pasaba una mano por mi rostro.
—Ese es exactamente el problema.
Porque al inicio todo era sencillo, Anika debía ser temporal, práctica, una responsabilidad más.
No alguien que me esperara despierta por las noches.
No alguien que se relajaba apenas la abrazaba.
No alguien cuya ausencia volvía silenciosa toda la casa.
Daniel sonrió apenas mientras se levantaba de la silla.
—Sí. Ya estás perdido.
Lo miré con cansancio.
—No estoy perdido.
Él soltó una carcajada camino a la puerta.
—Henry, empezaste durmiendo con tu esposa arreglada para ayudarla con sus pesadillas y ahora actúas como si quisieras matar a cualquier hombre que le hable demasiado cerca.
Se giró apenas.
—Eso tiene nombre. Y definitivamente no es amistad.