¿Las casualidades existen?
. . .
¿Alguna vez has pensado en lo demasiado que influyen los puntos de vista en la forma que conoces a una persona?
Ves a alguien con el ceño fruncido y piensas que está enojado porque “sabes” que es de esa manera. Pero ¿Pensaste que puede estar triste, confundido o feliz?
Un amigo te cuenta su versión de los hecho y inmediatamente te vuelves enemigo del otro implicado. Pero ¿Y si en el cuento que no escuchaste el malo es ese amigo?
Las opiniones son relativas.
El lobo puede ser oveja desde su cuento y caperucita roja puede ser una asesina…
18:45
¿Hola?
23:51
Aria, vamos. Contesta los mensajes
00:39
.
.
.
.
.
Alexander
Despierto en los brazos de alguien.
Me mosqueo un poco al no tener suficiente conocimiento de quién es.
La caída desde la ventana me afectó bastante por poner a Aria en una posición donde no se haga tanto daño.
Miro mi mano.
Está vendada, supongo que por el botiquín que Aria armo y tanto me presumió cuando estábamos en la gasolinera.
La busco con la mirada, me doy cuenta de que quien me carga es el princeso ese.
Me bajo en automático de su espalda.
Ezra es quien tiene a Aria.
Respiro aliviado de que, aunque no está consciente, no parece tener daños graves.
Claro, porque la casi puñalada fue un beso en la frente, ¿No?
Si, malos pensamientos, aparezcan.
Mirando bien dónde estamos, puedo decir que la huida fue difícil.
Caminamos por una carretera con bosque a los lados. La vista es buena, aunque no pueda decir lo mismo de la situación.
Sky camina unos pasos delante de nosotros con Bella de la mano.
No la suelta ni un segundo, como si temiera que, si afloja la presión, ella se le escape de este mundo y vuelva al cuarto que la rompió.
Bella camina, sí, pero no mira; sus ojos están abiertos y atentos, aunque vacíos. Como si necesitara que alguien le vaya traduciendo la realidad paso a paso. Sky se inclina para hablarle al oído de vez en cuando, indicándole dónde pisar, cuándo frenar, cuándo respirar.
Eso me parte algo por dentro.
Nunca pensé que verla rota sería peor que verla muerta.
Bella siempre fue luz. Sonrisa fácil, comentarios fuera de lugar, esa risa que estallaba incluso cuando no tocaba. Verla ahora, silenciosa y frágil, me provoca una rabia densa, lenta, que no sabe dónde descargarse. Todo pasó en minutos. Minutos de manos ajenas, de miedo concentrado, de impotencia. Es inhumano. No encuentro otra palabra.
— ¿Qué piensan de ir a Italia? —propone Liam.
La verdad es que su majestad, el rey de las penas y situaciones lamentables. No es tan malo a mis ojos como hago parecer. Pero a veces simplemente no me agrada, no estoy completamente satisfecho con su historia.
— Por mi está bien —dice Sky encogiéndose de hombros— de igual forma era ahí que íbamos en primer lugar.
— Yo no tengo problema, no es como si tuviera otro sitio al que ir — corrobora Ezra.
Ellos esperan mi respuesta y yo solo me encojo de hombros, la verdad me vale mierda si nos quedamos en Rusia, Suiza o la cagada donde el diablo tiró el calizo, solo hay un inconveniente…
— No me pienso mover a ningún otro país sin antes saber que quieren la moribunda y la desmayada — es mi última palabra.
Después tengo que estar aguantando quejidos de la loca de Aria porque nadie esperó a que se despertara para decidir nuestro objetivo. Además no me parece correcto que descartemos a Bella porque está en modo caparazón, con el alma jugueteándole fuera del cuerpo.
Hablas como si no supieras qué te parece importante la opinión de Aria. Tu y yo sabemos que lo que menos te gusta es verla con algo que no sea felicidad. Vamos macho.
¿Cómo se apagan los pensamientos?
— Vale, por mí no hay problema —responde Liam y los demás igual están de acuerdo.
Seguimos caminando.
Cuanto más avanzamos más claro se me hace que no tenemos ni puta idea de a dónde vamos realmente. No hay un destino, solo una dirección. Un trazo mal dibujado en el mapa arrugado de uno de los chicos que, según él, marca la carretera con menos desorden. Menos coches volcados… Menos muertos…
Caminamos porque detenernos sería aceptar el miedo.
Nadie dice nada. El grupo se mueve en silencio, roto apenas por el crujir de ramas bajo las botas y alguna respiración agitada.
Me sorprende lo rápido que el cuerpo se acostumbra a esto: avanzar sin certezas, confiar en extraños, aceptar que mañana es un concepto frágil. Hace unas semanas me habría parecido una locura. Ahora es rutina.
Se me cruza entonces el pensamiento incómodo, persistente: nadie me ha dicho qué pasó cuando me fui con Jesucristo.
Ni una broma, ni un reproche, ni una explicación.
Supongo que cuando Ari y yo nos desmayamos, ellos siguieron el plan. Fueron a la puerta principal como estaba estipulado, recogieron las mochilas, esperaron lo justo y necesario.
¿Saben?
Tengo el presentimiento de que tienen una vista errada de mi persona, podría apostar a que prefieran que estuviera muerto ahora mismo que torturando a su linda y dulce Aria con mi presencia, ¿No?
Lamento decir que eso es imposible.
Concuerdo. Por más que quiera alejarme, ella me hace rondar a su alrededor como un puto planeta en orbita al sol.
Ajusto la correa de mi mochila cuando siento el peso familiar contra la espalda. Sí, la mía está aquí.