Infectados

Capitulo 10

No fue difícil controlar a Alexander la noche anterior.
De hecho, todo marchó sorprendentemente bien.

Eso fue lo que pensé al principio.

Alexander era muchas cosas, pero predecible no era una de ellas. Aun así, esa noche se dejó llevar por la rutina, por el cansancio, por la falsa seguridad que da un techo medio firme y cuatro paredes desconchadas.

El motel olía a humedad vieja y polvo, como si el tiempo se hubiera detenido ahí mucho antes de que el mundo se fuera a la mierda. Yo dormí poco, pero dormí. Y eso, últimamente, ya contaba como una victoria.

Claro… hasta que nos dieron la noticia.

Debíamos quedarnos varios días más.

Suministros.

La palabra se me quedó atorada en la cabeza como una astilla. Suministros significaba explorar, exponerse, arriesgarse. Pero también significaba algo peor: más noches con Alexander. Más miradas largas, más silencios tensos, más de su presencia aplastando el aire.

Me apoyé contra la baranda oxidada del segundo piso del motel y cerré los ojos unos segundos, intentando no pensar demasiado. Pensar demasiado siempre llevaba al mismo lugar: recuerdos, pérdidas, miedo.

No teníamos comida suficiente. Apenas lo justo para sobrevivir uno o dos días más, y eso si racionábamos como ratas. Así que se decidió mandar un grupo pequeño a buscar provisiones, mientras los demás se quedaban recorriendo la zona cercana y vigilando.

Un grupo de tres.

Y, por supuesto, yo tenía que estar ahí.

No porque fuera voluntaria. No porque quisiera.
Si no salía, probablemente me mataría el destino. O Alexander. O uno de los engendros que ahora caminaban por lo que antes eran personas.

Nunca moriría por mí misma.
Eso es mentira.
Pero me repetía esa frase como si fuera un mantra.

La verdad era simple: jugamos al azar y mi nombre salió entre los tres. El universo tiene un humor de mierda.

Así que ahí estábamos: Sky, Liam y yo.
Ezra, Bella y Alexander se quedaron en el motel.

El aire de la mañana estaba cargado de un frío incómodo, de ese que no te congela, pero se te mete en los huesos. Caminaba en medio de los dos, con el puñal firme en la mano, los dedos tensos alrededor del mango. Liam iba a mi derecha, con el rifle colgado y los ojos siempre en movimiento. Sky, a mi izquierda, llevaba el machete apoyado en el hombro, como si fuera una extensión natural de su cuerpo.

Avanzábamos despacio, atentos a cualquier sonido fuera de lugar.

—Se acaban las raciones de balas —informó Liam, deteniéndose un momento para revisar las cajas que llevaba—. Solo quedan dos.

No me sorprendió. En su casa se habían gastado demasiadas.

—¿Crees que haya una tienda de armas por aquí? —pregunté, más por inercia que por verdadera esperanza.

Liam negó con la cabeza.

—Lo dudo. El pueblo parece prometedor, pero es demasiado pequeño como para necesitar una.

Asentí.
La conversación murió cuando lo vimos.

Un supermercado.

El edificio se alzaba frente a nosotros como un cadáver abandonado. Las letras del cartel estaban medio caídas, y los ventanales cubiertos de polvo y suciedad. No había electricidad. Las puertas parecían selladas, cerradas a la fuerza desde dentro o desde fuera, era difícil saberlo.

Sky no dudó. Sacó uno de los pinchos que llevaba colgados y se puso manos a la obra, forzando la entrada con paciencia y fuerza controlada. Mientras tanto, aproveché para sacar mi cargador portátil.

Tenía un pequeño panel solar. Era una reliquia, uno de los pocos objetos que aún conectaban este mundo roto con lo que alguna vez fue normalidad.

Lo dejé sobre un bote de basura verde, escondiendo todo menos el panel. Aun cuando la humanidad estaba medio extinguida, siempre había alguien intentando sobrevivir a costa de otros. Robar seguía siendo una constante. Y ese cargador… ese cargador era vital. No porque lo usara para hablar con nadie, sino porque, en raros momentos de calma, me permitía ver noticias viejas, grabaciones, fragmentos de un mundo que ya no existía.

Sky terminó de abrir la puerta.

Entramos.

Antes de avanzar demasiado, colocamos una silla contra la entrada. No era infalible, pero nos daría tiempo. Siempre era el tiempo lo que marcaba la diferencia entre vivir y morir.

El interior del supermercado estaba en silencio absoluto. Un silencio pesado, antinatural. Buscamos un carrito grande y empezamos a recorrer los pasillos del primer piso. Latas abolladas, botellas, paquetes de comida seca. Higiénicos. Todo lo que pudiera servir.

Cuando el carrito estuvo lleno, vaciamos el contenido en nuestras mochilas. El peso se hizo notar de inmediato. Subimos al segundo piso.

Ahí estaban los objetos del hogar: televisores inútiles, neveras apagadas, estufas oxidadas. Nada de eso me interesaba. Me fui alejando de los otros dos, cada uno siguiendo su propio instinto, su propia necesidad.

Y entonces lo vi.




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