Infectados

Capitulo 11

Me toma un tiempo lograr que acepten lo que propongo.

No porque no lo entiendan, sino porque nadie quiere ser la persona que diga que sí a algo así. La idea flota en el aire del escondite como un olor desagradable: todos la perciben, todos la reconocen, pero ninguno quiere respirarla a fondo.

Sin embargo, cuando pasan los segundos y nadie ofrece una alternativa mejor, la realidad se impone con la misma violencia que todo en este mundo.

Es la única escapatoria.

Y eso lo saben.

El silencio se vuelve incómodo. El tipo de silencio que no calma, que aprieta el pecho y obliga a pensar. Sky es el primero en romperlo, como casi siempre.

— ¿Y cómo pretendes conseguir el infectado?

Su voz no es burlona. Es genuina curiosidad mezclada con desconfianza, y tiene razón: es una muy buena pregunta. Una de esas que deberían haberse hecho antes de aceptar siquiera la posibilidad.

No respondo de inmediato.

Miro alrededor, dejando que mi vista recorra la improvisada barricada, los estantes volcados, las cajas apiladas, los rostros cansados. El escondite huele a encierro, a miedo acumulado, a sudor frío. Entonces lo veo.

Una mano.

Una mano grisácea, temblorosa, intentando cruzar la barrera que formamos. Los dedos raspan el metal con un sonido seco, insistente. No logra pasar, pero no deja de intentarlo.

Y ahí está.

La respuesta.

La chispa que enciende el bombillo imaginario sobre mi cabeza.

Camino unos pasos al frente. Cada movimiento atrae miradas. Me agacho en cuclillas frente al brazo atrapado, tan cerca que puedo ver la piel desgarrada, las uñas negras, la tensión absurda de un cuerpo que ya no debería moverse.

Volteo a ver a Sky.
Luego al infectado.

Tomo uno de sus dedos con los míos, como si se tratara de una cucaracha.

— Fácil.

No necesito decir nada más.
La cara de Sky lo dice todo.

No volvería a salir en equipo conmigo después de esto, y el hecho de que yo describiera algo así como “fácil” termina de sellar mi reputación: reverenda demente. Puedo verlo reflejado en los ojos de todos.

Con ayuda de Liam —el único con cojones suficientes para acercarse sin hacer preguntas— tomamos a ese mismo infectado. El forcejeo es breve. Torpe. Violento.

Antes de acercarlo a los demás, le volamos los sesos de un batazo amistoso.

El cuerpo cae con un sonido seco.

Emma se tapa los ojos por sí sola esta vez, abrazada al cuerpo de su hermana. María la rodea con los brazos, rígida, como si quisiera protegerla de algo que ya es imposible ocultar. Los demás no se permiten apartar la mirada. Tal vez porque saben que, si lo hacen, no podrán seguir.

Entonces comienza el trabajo desagradable.

Saco el cuchillo de cazador que llevaba guardado y lo hundo en el torso del infectado. El sonido es húmedo, denso, antinatural. La piel no se abre con facilidad; hay que insistir, presionar, cortar con decisión.

Cuando rompo la cavidad torácica, el olor invade el lugar como una ola.

Es insoportable.

Todos retroceden con arcadas. Sky gira la cara, con los ojos vidriosos. Otros aprietan la mandíbula, conteniendo el impulso de vomitar. Liam permanece quieto, tenso, pero firme.

Comienzo a sacar órganos.

Trozos de intestinos.
Costillas.
Vísceras aún calientes.

Los coloco en una caja donde antes almacenaban maquillaje, una ironía que no pasa desapercibida. La sangre oscura y espesa salpica mis manos, mis brazos, la ropa. Me corre por las muñecas como si fuera tinta viva.

Sky no puede ocultar su repulsión, pero no se va. Liam mantiene la compostura.

Ellos toman los restos y comienzan a frotarlos por la ropa de ambos y luego por la de los demás. Brazos. Pecho. Espalda. Les repito que se unten bien, que el olor tiene que ser convincente.

No es momento de reír, pero juro que sus miradas de asco valen más que mil chistes.

Cuando terminan, todos se ven irreconocibles.

Cubiertos de fluidos.
De restos orgánicos.
De algo que ya no es humano.

Y lo sabemos.

Creo que la parte más difícil es la que viene ahora, y no dudo ni por un segundo de que todos somos conscientes de ello.

María carga a Emma en sus brazos. La niña está rígida, con los labios apretados, los ojos muy abiertos. Sky se coloca a mi lado. Liam se recuesta en un estante lleno de bases y polvos compactos —cosas que a Bella le habrían provocado un infarto en otro tiempo—.

La barricada, de pronto, se ve más segura de lo que realmente es.

Más cómoda.

Y eso es peligroso.

Presiento que el grupo completo siente la tentación de quedarse ahí, de no tentar a la suerte con esta estupidez. Yo aprieto los puños a cada lado de mis piernas.




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