Infectados

Capitulo 1 día 1

4:30 a.m. El implacable y seco zumbido de la alarma corta el profundo silencio de la madrugada, haciendo que Jhon Brenner tenga que recordar con pesadez que es hora de levantarse para ir a trabajar. Y aunque en primera instancia su mente y su cuerpo solo quieren apagar el aparato y seguir durmiendo bajo la cálida cobija, sabe muy bien que eso no es posible; hoy tiene la ineludible obligación de entregar los complejos informes de contabilidad de la empresa, y los tiene que dejar listos y sobre el escritorio antes de las 8:00 a.m. en punto. Así que, sin más preámbulos y con una pereza que le pesa en los huesos, decide levantarse de la cama, arrastrarse hasta el baño para darse una ducha rápida con agua tibia, vestirse con su formal traje de oficina, comer algo ligero a las carreras y salir directo a la calle rumbo a la oficina.

5:10 a.m. Brenner toma las llaves de su vehículo, un confiable Renault Logan de color rojo que ya estaba pidiendo a gritos una buena pasada por el taller, y da marcha hacia la multinacional Manzon, la empresa más grande e imponente de toda la ciudad, y el lugar donde llevaba trabajando ya tres largos años desempeñándose como contador. En este día en particular, había algo en el ambiente que se sentía extrañamente diferente; un olor denso y penetrante a mezclas químicas hacía que el aire matutino de las calles oliera totalmente distinto. Sin embargo, Brenner iba demasiado concentrado en sus pensamientos y no le prestó mucha atención a ese detalle, así que siguió su camino de manera rutinaria. Pero al pasar exactamente por una de las fábricas locales donde se dedicaban a la fabricación masiva de jabón y productos de limpieza, el hedor se intensificó de golpe de una forma brutal, volviéndose tan pesado y nauseabundo que ya era totalmente imposible no taparse la nariz con repulsión. Fastidiado por la atmósfera, Brenner decidió pisar con más fuerza el acelerador para dejar atrás rápidamente aquel sector; el carro rugió y llegó de inmediato a los 86 kilómetros por hora, haciendo que en menos de diez segundos dejara muy atrás la fábrica de jabón. Sin embargo, justo antes de rebasarla por completo, y aun con el fuerte ruido sordo que hacía el viejo motor del vehículo, alcanzó a escuchar un grito desgarrador y muy fuerte, un alarido desesperado que provenía justamente del mismo lugar de donde solía emanar ese olor pestilente a descomposición. A pesar de la duda, Brenner sacudió la cabeza y decidió seguir su camino de largo; finalmente ya estaba a pocos minutos de llegar a su destino y, pensó para sus adentros, aquello no era de su absoluta incumbencia.

5:53 a.m. El Logan rojo y Brenner llegan por fin al complejo empresarial, estacionando con precisión en su lote asignado, el cual era el número 13. Brenner apaga el motor, baja del vehículo y mira a su alrededor encontrando todo completamente normal; de hecho, incluso Javier, su buen compañero de oficina, lo saluda de la manera más casual de camino a la entrada. Así que él procede a marcar su tarjeta de asistencia con puntualidad y, junto a Javier, emprenden la caminata rumbo a los ascensores mientras van desatrasándose de charla y comentando los pormenores del emocionante partido de la noche anterior, donde los Patriotas vencían a los Cóndores por un contundente marcador de 4-1, una victoria que ambos habían celebrado efusivamente ya que los dos iban firmemente con los Patriotas. Ya instalados en su oficina, Brenner se apresura a pulir los últimos detalles para poder presentar impecable su informe ante Dewar Manzon, el temido dueño y jefe absoluto de la multinacional. Este hombre era ya un viejo cascarrabias de 78 años de edad que había amasado una escandalosa y gran suma de dinero gracias a diversos negocios turbios e ilícitos que manejaba en las sombras; pero debido al enorme poder e influencias que ostentaba en las altas esferas, la policía jamás podía hacer nada para investigarlo o arrestarlo. Y aun sabiendo perfectamente que era prácticamente un mafioso intocable, Manzon era un viejo al cual absolutamente nadie soportaba en el edificio, acumulando una larga lista de graves problemas con antiguos empleados debido a la forma tan grosera, despiadada y humillante en la que los acostumbraba a tratar.

7:48 a.m. Brenner sube con el corazón acelerado hasta la lujosa oficina de Manzon para hacer entrega formal del pesado informe de contabilidad. Al llegar y abrir la puerta, el jefe lo recibe con esa característica mirada de fría indiferencia que siempre acostumbraba a ponerle. En los tres largos años que Brenner llevaba trabajando incansablemente para Manzon, todavía no lograba acostumbrarse a esa penetrante mirada cargada de desprecio; cada vez que lo tenía enfrente, la voz se le quebraba de los nervios y solía tartamudear inevitablemente.

—Señooorrr, buenos días... aquí... aquí está el informe de contabilidad que me pidió —logró decir con torpeza.

—Veo que eres sumamente lento, Brenner. Mira nada más la hora que es y hasta ahora vienes a presentarme este maldito informe; tu ineptitud y tu lentitud constante están acabando por completo con mi paciencia —espetó el viejo con tono venenoso.

—Señor, pero si apenas son las siete y cuarenta y ocho, no son ni las ocho y usted mismo me dijo que el informe era para esta hora en punto... —replicó con cautela.

—¡Por favor, Brenner, largo de mi oficina ahora mismo! ¡Lárgate, por Dios, porque estoy a una sola palabra de dejarte en la calle sin empleo! ¡Largooo de aquí!...

Sin decir una sola palabra más, Brenner dejó caer los gruesos informes sobre el pulcro escritorio de caoba de Manzon y dio media vuelta, saliendo del despacho con una expresión de pocos amigos y la mandíbula apretada por la furia contenida. Jennifer, otra de las compañeras de oficina de Brenner y su gran confidente, fue la primera en darse cuenta de la terrible cara de frustración y enojo con la que venía saliendo luego de aquel humillante encuentro en la oficina del jefe.



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En el texto hay: zombie, supervivencia, terror

Editado: 07.11.2026

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