Infectados

Capitulo 2 el caos en la cuidad

Capitulo 2 el caos en la cuidad

Brenner, Javier y Jennifer seguían escuchando la radio mientras JK reportaba, una y otra vez, cómo los infectados devoraban a cada minuto a más y más personas.

—Esto ya es una lucha de pura supervivencia —decía la voz agitada de JK a través del altavoz—. Los infectados están tomando cada vez más fuerza. Es realmente monstruoso ver esto... Refúgiense bien, se los suplico; no salgan por nada del mundo. Allá afuera la calle está teñida de sangre y apenas la policía y el ejército pueden hacer algo. Les seguiré informando para que ustedes estén atentos a todo lo que pasa.

Instantes después, JK puso una pista de suave música jazz, buscando un contraste casi absurdo con la masacre que se vivía al otro lado de las ventanas.

La atmósfera dentro de la multinacional era sofocante y sumamente tensa. Había varios empleados desesperados por salir para saber de sus familias, y no estaban dispuestos a permitir que un tirano como el señor Manzon los tuviera retenidos como prisioneros.

El que más resentía la situación era Rick Mccolin, el jefe de recursos humanos. Hacía menos de una semana que había nacido su pequeña hija, y su esposa aún se recuperaba, adolorida y debilitada por el trabajo de parto. Eran dos mujeres indefensas en medio del caos, sin nadie más en el mundo que las protegiera salvo él. Cansado del encierro y consumido por la angustia, a Rick dejó de importarle cualquier protocolo: perdió por completo la paciencia y se dirigió a toda marcha hacia la oficina presidencial.

No tocó a la puerta con sutileza; la golpeó con puños furiosos, impulsado por una rabia ciega que se había apoderado de todo su ser. Manzon, al escuchar semejante escándalo, abrió de golpe sin pensarlo dos veces.

—¿Qué demonios quieren, malditos bastardos? —gruñó Manzon, apareciendo en el umbral casi con el arma empuñada en la mano.

Rick ni siquiera se molestó en cruzar palabras. Lo sujetó con ambas manos directamente del cuello y lo estampó violentamente contra la pared contigua.

—¡Maldito miserable, viejo cascarrabias! —bramó Rick, fuera de sí, apretando la garganta del ejecutivo—. ¡Dame el maldito control de seguridad o le juro por Dios que lo mato aquí mismo, Manzon!

La presión en su traquea fue tan brutal que el señor Manzon estuvo a punto de perder el conocimiento; sin embargo, justo antes de desvanecerse, dejó caer al suelo la tarjeta magnética de acceso de alta seguridad. En cuanto Rick vio el plástico brillar sobre la alfombra, soltó al hombre. Manzon cayó de rodillas, débil, jadeando sofocado mientras se rodeaba el cuello con las manos.

—Nos vas a matar a todos... ¿Es que no ves lo peligroso que está todo allá afuera, imbécil? —tosió Manzon, tratando de recuperar el aliento—. ¡Yo los estaba protegiendo! No seas estúpido... Si quitas el blindaje de seguridad, moriremos todos los que estamos aquí.

—¡No me importa! —le gritó Rick, mirándolo con desprecio absoluto—. Lo único que me importa en este mundo es ver a mi recién nacida y a mi esposa. Si a usted nunca le importó nuestra suerte, ¿por qué demonios tendría que importarme a mí su miserable vida, viejo asqueroso?

En ese preciso instante llegaron los demás compañeros al pasillo, alertados por los gritos. Brenner fue el único que dio un paso al frente para intentar razonar con él.

—Rick, por favor, piénsalo bien... —intervino Brenner con voz cautelosa—. ¿Estás completamente seguro de lo que quieres hacer? Una vez que desactives el sistema blindado del edificio, no sabremos qué va a pasar allá abajo. Estamos a ciegas.

—Sí, estoy seguro, ¡y me importa un carajo! —sentenció Rick sin dudar un segundo—. Yo me largo de este maldito agujero. No pienso quedarme ni un minuto más encerrado aquí sin saber si mi familia sigue viva.

Al segundo siguiente, Rick deslizó la tarjeta por la ranura y desactivó el protocolo de emergencia. De inmediato, una alarma ensordecedora comenzó a resonar por los altavoces:

«Seguridad del plantel desactivada. Seguridad del plantel desactivada...»

El altavoz repetía la frase mecánicamente. El estruendo atrajo de inmediato a las hordas de infectados que vagaban por los alrededores, congregándose en cuestión de segundos en torno a la estructura. Las masivas láminas de hierro del blindaje comenzaron a elevarse muy lentamente, revelando una vista terrorífica: más de un centenar de infectados aguardaban con ansias e hiperventilando a que las blindadas terminaran de subir.

Aunque en el piso 11 aún reinaba una tensa calma, en la planta baja la situación se convirtió en un infierno. Solo bastaron diez segundos tras la retirada de las láminas para que las criaturas arremetieran. Los infectados comenzaron a golpear los ventanales con una fuerza descomunal y sobrehumana; cada impacto agrietaba un poco más los cristales hasta que, tras unos angustiosos segundos, se escuchó un estallido ensordecedor.

Los ventanales cedieron por completo y las criaturas irrumpieron a toda prisa. Desde la recepción, alguien gritó con tal desesperación que su voz retumbó con nitidez hasta el piso 11:

—¡Ya entraron! ¡Dios mío, ya entraron! ¡Ayuda!

Segundos después, los alaridos de agonía e histeria comenzaron a multiplicarse.

—¿Viste lo que hiciste? ¡Nos acabas de condenar a todos, maldito seas! —le recriminó Manzon a Rick, histérico—. ¡Vamos a morir por tu culpa!

Mientras tanto, en los monitores de vigilancia se apreciaba cómo, una a una, las personas del primer piso eran devoradas de forma despiadada. Las caras de todos en el piso 11 eran el reflejo del horror puro; jamás en sus vidas habían presenciado semejante masacre. Ninguno lograba asimilar cómo la civilización se había desmoronado en cuestión de pocas horas.

Pero no había tiempo para contemplaciones ni lamentos: era momento de actuar. Las criaturas avanzaban piso por piso, dejando una estela de sangre y cadáveres a su paso. Brenner no estaba dispuesto a morir atrapado en esa oficina, así que sacudió la cabeza, salió del trance y asumió el liderazgo del grupo.



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En el texto hay: zombie, supervivencia, terror

Editado: 07.11.2026

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