Infelices para Siempre

Y vivieron Felices para Siempre

Hoy sería el día. Lo supo desde el primer momento en que los rayos del alba cruzaron a través de la corroída ventana de piedra y dieron justo sobre el libro de cuentos que estaba leyendo. Era una señal, Ariadne lo creía profundamente. Aunque, claro, también dijo lo mismo cuando vio a lo lejos las luces festivas del reino surcando el cielo en la noche de su decimoquinto cumpleaños o el día que un gorrión desorientado logró atravesar las defensas de la bestia y colarse hasta su estancia. Aunque la pobre criatura no había durado mucho y huyó espantada esa misma noche al escuchar los ronquidos de la bestia.

Pero esta vez sería la correcta. Su príncipe vendría, derrotaría al dragón y partirían juntos hacia su reino, donde se desposarían y vivirían felices para siempre.

—Es todo lo que siempre he soñado — murmuró Ariadne. Acomodó con delicadeza la piedra ovalada que hacía de cabeza sobre la estructura de ramas secas y ajustó el trapo sucio que le servía de capa. Le dio un suave toque en el hombro de madera, esperando una respuesta que solo el sonido de la ficticia cara dibujada sobre la roca al resbalarse contra la pared le dio—. No me mires así, Gerald, por supuesto que no me olvidaré de ti. Ni de Marigold —habló al espejo esta vez del espejo roto frente a ella—, ni de Angie —mencionó al florero vacío sobre su mesa—. Los llevaré siempre conmigo.

Danzaba frente al reflejo roto mientras sus creaciones torcidas se mantenían estoicas en su sitio. Habían sido una enorme compañía desde el momento en que su cuento había sido creado por el Autor. Al inicio estaba temerosa, como cada princesa que es elegida para que su final feliz sea alcanzado y ciertamente no esperaba que el escritor de la historia tuviese una planeada para ella donde su destino fuese tan solitario; casi había olvidado como hablar apropiadamente, por suerte tenía sus libros y a sus amigos que siempre la corregían como buenos acompañantes de cuentos, ayudándola a dar lo mejor de si en esta larga espera.

—Bueno, quizás Marigold tiene razón y no debería ponerme esto —pasó los dedos por el bajo del vestido verde, sintiendo los flecos deshilachados que las ratas habían dejado a su paso. Alzó la tela hacia la luz del sol; los diminutos agujeros proyectaban puntos dorados sobre su piel como un queso viejo —. Es un poco presuntuoso y no queremos que nuestro príncipe piense que somos presuntuosas.

Con paso calmado se dirigió al armario y lo abrió despacio, temiendo que la puerta de madera volviese a soltarse. Habría sido horrible limpiar el polvo de sus vestidos de nuevo si llegaba a pasar. Observó las telas, algunas más roídas o descoloridas que otras, y estuvo observando los detalles hasta que suspiró, haciendo acallar sus pensamientos.

—Ya sé, Gerald. Un príncipe no se fijaría en esas cosas. Sería amable, condescendiente y gentil, pero igual quiero verme bonita. Debe ser amor a primera vista.

Convencida de sus propias palabras, lanzó sus manos sobre su vestido blanco ceremonial. Ése sería una perfecta elección. Dejaría su cabellera suelta, ondeando sus rizos rojizos, y de seguro resaltaría aún más sus ojos avellana. Nadie podría negar que luciría hermosa. Aunque las manchas amarillas de las mangas largas podrían parecer algo horteras, sin duda no se veía como cualquier otro día.

Era una princesa, a fin de cuentas; una a punto de ser rescatada.

—¿Creen que entrará por la ventana? —soñó mientras corría hacia el marco para sacudir el polvo y las piedrecillas—. Aunque es algo pequeña para un príncipe.

Contempló alejándose un par de pasos antes de observar las otras ventanas, todas de similar tamaño. Supuso que su historia no sería como la de la reina Rapunzel. Y, pensándolo bien, su cabello no era tan largo; se había asegurado de cortarlo religiosamente para que siempre cayese sobre su cintura, no más largo, jamás más corto, así que no había forma de usarlo como cuerda para trepar hasta allí.

—Entonces sería la puerta —comentó algo esperanzada y se volteó hacia el enorme portón de madera desprovisto de cerraduras o engranajes.

Había intentado abrirla cientos de veces, pero no había forma de que cediese de un lado o de otro. La gruesa madera se resistió incluso a golpes que ella nunca admitiría que una princesa había intentado realizar. Pero esa era la única entrada posible; quizás solo su príncipe era el elegido para abrirla.

—La puerta será —afirmó.

Giró rápidamente sobre sus pasos buscando el mejor ángulo y, decidida a crear la imagen perfecta, empezó a planear su escenario. Movió la pesada mesa de tablas, arrastrando astillas y polvo hasta que la luz de la ventana la golpeaba levemente; luego, la silla justo a su lado. Colocó un trozo de cortina como mantel y sobre este el búcaro, que llenó de flores marchitas.

—Si tan solo florecieran —comentó molesta. A ningún príncipe le gustarían las flores marchitas. Necesitaba más color.

Entonces lo vio: junto a su cama, el tazón de fruta que aparecía cada noche. Rojas manzanas regordetas y relucientes esperando a ser comidas. Se apresuró a reemplazar el jarrón con una disculpa antes de tomar el tazón con las manzanas y colocarlo en el centro de la mesa.

—¿No es perfecto? —comentó levantando una manzana entre sus dedos—. Mi príncipe quedará maravillado.

Estaba completamente anonadada entre sus ensoñaciones cuando sintió un pequeño movimiento entre sus manos. Sus ojos apenas vieron las pequeñas formas blancas que reptaban entre sus dedos antes de soltar la fruta.

—¡Ah!

Soltó un ahogado chillido al dejar la fruta rodar por la fría piedra. La pulpa roja se abrió en dos, llenando el aire de un hedor dulzón y rancio que no tardó en llenar su garganta. Entre las grietas de la manzana, una masa blanquecina de larvas se retorcía bajo la luz. Gusanos, malditos gusanos. Se frotó las palmas de las manos contra la falda con frenesí, raspándose la piel hasta dejársela al rojo vivo para borrar la sensación de algo reptando entre sus dedos.




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