Infelices para Siempre

La princesa y la Bruja

El palacio era mucho más grande de lo que recordaba. Desde los hermosos jardines que les recibieron al final de las escaleras, llenos de fuentes y frondosos árboles frutales donde encantadoras aves de diversos colores encontraban placer en posarse y cantar, hasta las enormes galerías de mármol blanco que encontraron una vez cruzaron las puertas. Allá adonde Ariadne mirase había intrincados apliques de oro y enormes jarrones rellenos de flores silvestres fundiéndose con cada rincón con una perfección milimétricamente sofocante; tan reluciente que por un segundo llevó su mano al cuello para calmar la comezón del polvo que aun traía consigo.

Sin embargo, no vio ni una sola cara conocida entre todos los cortesanos que la flanqueaban queríendo obtener al menos un ápice de su atención. Buscó entre la marea de gente algun rostro familiar, pero solo encontró sonrisas identicas y ojos brillantes que la observaban sin parpadear. En algun momento sintió dolor en sus mejillas por tratar de sonreír a cada gesto de amabilidad, entre los cientos y miles que no paraban de llegar. Se apretó el pecho luchando por aire, pero no dejó que su expresión flaqueara.

—No sabes cuánto agradecemos que estés sana y salva, hija mía —habló su padre de repente, adelantándose un par de pasos—. Ahora que el dragón ha muerto, por fin, la maldición sobre nuestro reino se ha levantado. Pronto las tierras volverán a ser fértiles y los monstruos huirán a la oscuridad a la que pertenecen, dejando a nuestros súbditos vivir en paz.

Paz.

Incluso para ella aquella palabra sonaba extraña. Nunca había aprendido los sacrificios que su pueblo sufrió durante su encierro. No se veía mucho desde la torre, solo las luces festivas en el cielo cada vez que algún festival o celebración se llevaba a cabo. Luces que ella había interpretado como señales año tras año y ahora mismo se sentía algo tonto preguntar si realmente lo eran.

—Por fin todo será como debería ser —afirmó el Rey—. El cuento se cerrará con el enlace real, vivirás feliz para siempre y tu reino prosperará en una enorme fortuna gracias al valeroso caballero que venció a la Bestia —él detuvo sus pasos, volteando a mirarla con los ojos brillando en regocijo—. Celebraremos por todo lo alto. No escatimaremos en gastos, ya que una vez que el enlace se lleve a cabo se nos devolverá por el cierre del cuento. Invitatemos a los nobles, reyes vecinos, la plebe. ¡Todos estarán invitados!

—Pero... Padre... —tanteó la joven confundida ante los asentimientos de todos los extraños—. ¿Dónde están todos?

—¿Qué quieres decir? —cuestionó volviendo a su andar—. Nos están rodeando. Ya viste a tus súbtidos. Te dieron una cálida bienvenida.

—Sí, pero... —sonrió evitando tropezar con una de las sirvientas—. No veo a la Nana Gracie, ni... ni a mis hermanos, o a mi madre.

En un segundo el murmullo de la multitud se extinguió, las risas, incluso la musica. Cientos de rostros miraron a Ariadne sin siquiera atreverse a respirar, como marionetas a las cuales le hubiesen cortado los hilos, ladeando su cabeza en confusión miewntras luchaban por mantener la sonrisa. La Princesa se sintió extremadamente pequeña, un leve sonrojo manchando su rostro sin entender cual había sido el error. Mas nadie pronunció una palabra; todos bajaron la cabeza mientras el Rey se volteaba suavemente hacia su hija.

Ariadne dió un paso atras, sofocada por el peso del silencio.

—¿Padre...?— Insistió en un susurro.

Tragó despacio contando en silencio los segundos mientras aguardaba una respuesta. El Rey dejó caer una mano sobre su hombro con un poco más de fuerza de la que habría esperado.

—Te recibirán más tarde —habló al fin, poniendo de inmediato una sonrisa en su rostro—. No esperábamos tu llegada tan repentina, por supuesto. Tus hermanos partieron a la frontera en cuanto oyeron que los monstruos se habían desplegado, y los sirvientes están ayudando en otras tareas para las festividades. Pero todos estarán en el banquete.

Sus hombros se relajaron, permitiendo que el aire saliera de su cuerpo casi como si flotase.

—¿Y mi madre?

Esta vez el Rey solo sonrió y, aunque alejó la mano del cuerpo de ella con delicadeza, la sonrisa nunca alcanzó sus ojos.

—Conduzcan a la princesa a sus aposentos —ordenó, dándole la espalda sin responder—. Debe estar presentable para el banquete. Tendremos muchos nobles que desearán que los honres con tu presencia, mi adorada niña. No es propio de una princesa el hacerles esperar.

—Padre...

—Y por supuesto, debemos planear tu enlace. Sir Caelan y tu deberán tener una audiencia conmigo y el tesorero. Valoraremos el presupuesto para todos los arreglos de la boda. No es algo que deba esperar.

Sin darle tiempo a hablar el Rey se alejó, acelerando el paso quizás un poco mas de lo que debía y asegurandose de que la guardia lo escoltase. Ella quiso correr hacia él, pero las sirvientas le bloquearon el paso agasajándola casi al instante. Algunas incluso la sujetaron de los brazos con cierta firmeza mientras le permitían a Su Majestad alejarse. Ariadne forcejeó confusa, pero el agarre le impidió seguirle y al final se rindió a ser guiada lejos de la escalinata que había tomado el Rey, rumbo hacia otro interminable corredor lleno de pasillos.

La arrastraron por lo que pareció una eternidad entre corredores y salones hasta que la enorme puerta dorada le abrió el paso a una lujosa habitación. El espacioso lugar hizo que se le cerrase el pecho en especial cuando la pesada puerta se cerró a sus espaldas con un sonoro golpe seco. De repente se sintió expuesta, desnuda entre tanta abundancia cuando durante años la habitación que la resguardaba era lo suficientemente pequeña como para alcanzar las paredes apenas dando unos pocos pasos. Y ahora estaba aqui, en este lugar, donde nunca daría suficientes pasos para llegar al otro extremo. Donde las ventanas eran tan altas y amplias que el jardín casí vivia dentro de la estancia. Donde no había gris o negro, ni telas de araña. Ni habría espacio para Gerald, su descuidada Angie o su pobre Marigold. Estaba en un mundo nuevo tan extraño.




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