Infelices para Siempre

Un baile para tres.

La música podía oírse en el reino vecino, no había pruebas, pero con lo que resonaba aquella trompeta en los oídos de Ariadne, ella estaba muy convencida de que no había lugar en toda la Tierra de la Luz donde no se oyesen las festejaciones de Nivelia.

El Rey no bromeó cuando dijo que invitaría a todos. El patio interior del castillo estaba abarrotado de nobles, algunos de tierras tan lejanas que apenas había podido entender sus nombres cuando fueron presentados. Las telas volaban entre surcos mientras danzaban, reluciendo bajo las incandescentes luces de las antorchas y velas que decoraban por doquier; realzando aún más cada decoración dorada que los sirvientes habían colocado para la ocasión. Y las aves, aún sobre los árboles, observaban entre trinos cómo la música seguía su compás y las risas se enervaban y los murmullos seguían y seguían...

Apenas había espacio en la mente de Ariadne para enfocarse en tantas cosas, mientras el corsé se le hincaba molestamente en las costillas y la tela satinada le causaba un leve sarpullido en las manos que intentaba disimular. Lo único bueno de todo aquello era Caelan, sin embargo su padre se encontraba sentado entre ambos en su opulento trono y apenas había podido dedicarle una mirada más allá de su panza.

Ella rodó los ojos ante los infinitos aplausos del Rey y sus maneras para con sus súbditos, que a pesar de todo, lo miraban maravillados.

Y también a ella. Como si fuese la joya más hermosa del reino. Pero eso ni siquiera era lo más extraño.

—¿Más vino, su alteza?— ofreció un sirviente enmascarado.

—Gracias.

Máscaras. Antes le había parecido un hermoso detalle ver un banquete de máscaras, sin embargo su celebración no era temática. Solo algunos, en especial sirvientes, cubrían sus rostros con rústicas máscaras lisas, algunas talladas; y entre la nobleza las más esplendorosas con formas de animales. No se las quitaban en ningún momento, tampoco se acercaban a hablarle. La observaban de lejos y no pudo evitar recordar al dragón con sus enormes ojos amarillos. Se le ponían los pelos de punta al encontrarlas allá a donde mirase...

La bruja... pensaba una y otra vez. No podía llamarla de otra forma ante una idea que ni siquiera había podido comprobar. Era una bruja.

—El atardecer es la mejor opción— decretó el Rey mirándola fijamente.

—¿Perdone?

—Para la boda— bufó—. ¿Qué más va a ser?

Quizás todos ellos también lo eran.

—Sería bonito a los colores del ocaso.

El Rey gruñó acomodándose en su asiento como si el cojín fuese de piedra. Lo intentó un par de veces más antes de darse por vencido.

—No lo haremos porque sea bonito— se quejó bebiendo una jarra de sidra—. Intenté convencer al tesorero de hacerlo en la mañana, pero los arreglos no estarían a tiempo. Supongo que el autor no quiere un cierre mediocre para el cuento.

Con el efecto del alcohol sus palabras se cruzaban, el tono amable y jocoso ahora estaba cargado de espinas que enfatizaba con cada gesto, y sin embargo sonreía con cada toque del guitarrista.

—Bailan como monos— siguió—, brincan y se retuercen esperando tu atención. Eso quieren— le indicó apuntando con la jarra y derramando un poco de bebida sobre el suelo—. Que los mires. Darían lo que fuera por llamar la atención del autor ahora que el cuento termina. Unos últimos minutos de gloria. ¡Ja! Tuvieron toda tu vida para intentarlo, pero solo este chico pudo hacerlo.

Con un fuerte agarre, su majestad pasó los brazos sobre los hombros de Caelan, quien esperó no caerse al ser tironeado varias veces por su futuro suegro.

—La gloria no es para los cobardes— sonrió a su yerno con la barba llena de espuma—, yo también fui un héroe en mi tiempo. Y el autor lo recompensa, chico. Recompensa cada segundo.

Ariadne vio a su caballero enrojecer, procurando no desaparecer en el asiento, mientras sonreía con ligereza. Su jarra, apenas tocada, botaba el alcohol con cada empujón que recibía el portador y en cierto punto no pudo quedarse mirando.

De un salto se puso de pie y cruzó más allá de su padre, antes de hacer una leve reverencia a su príncipe.

—¿Qué crees que haces,...— habló el Rey molesto antes de suavizar su rostro con una leve tos— ...mi adorada hija?

Ariadne alargó la mano hacia Caelan, como si este fuese a besarle el dorso. Durante unos segundos él la miró, antes de dejar torpemente su bebida a un lado y levantarse aprisa, recomponiendo su apariencia con una sonrisa.

—La he invitado a bailar, su majestad. Todos esperan vernos bailar.

—¿Ah, sí?

El Rey dudó, pero no le impidió al chico tomar dulcemente la mano de su prometida y llevarla a la pista junto a su exaltado séquito.

La chica no sabía quién apretaba más el brazo del otro, en especial cuando con una enorme fluidez Caelan la hizo girar y se incorporaron instantáneamente a la pista de baile. Funcionando juntos como una pequeña máquina.

—Me ha salvado, mi lady.

—No sé de qué me habla— sonrió ella.

—No he de hablar mal de su majestad, su padre; pero he de admitir que se encuentra... desinhibido esta noche.




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